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farrandemora

ARRASTRAS Y A LA FUERZA (parte 1)


Al fin llegamos a la calle de Lavapiés. En un lateral de esta calle, oculto y mal iluminado, se abría el callejón de los Mancebos. Se me antojó más lóbrego y siniestro que nunca; aquel oscuro pasadizo ya no me provocaba risa ni me divertía. Sin ser plenamente consciente de ello, estaba padeciendo un ataque de ansiedad: el corazón me latía con fuerza, las manos comenzaron a sudarme y notaba la boca seca sin tener sed.
Se despertó dentro de mí una sensación de pánico, un tanto irracional e infundado. Temía que el cadáver ambulante me reconociera. Seguramente, todavía no se habría olvidado de lo que sucedió aquella tarde de verano. Tal vez al verme me identificase con uno de los gamberros que se mofaron de su trabajo. Consideró aquel incidente como una falta grave de respeto hacia su persona, hasta el punto que no dudó en abandonar sus quehaceres para perseguirnos a Reginíny a mí. Le hubiera gustado darnos un buen escarmiento.
A los pocos días, Reginín y yo tuvimos la osadía de entrar con el "zote ortopédico" en el interior de su barbería; nos metimos en la boca del lobo, sin pensar en las consecuencias. Mientras permanecíamos sentados, ocupando las sillas reservadas para la clientela, el peluquero nos observaba con cierto recelo y desconfianza. Tal vez, atando cabos, ya habría adivinado que éramos nosotros los freakys que se rieron de él.
De sólo pensar en que podría quejarse a mi padre, por mi mal comportamiento, se me puso la piel de gallina. Me vería obligado a pedirle perdón y humillarme ante él. Aquel barbero tenía la sartén por el mango; una vez sentado en el sillón de tortura estaría totalmente a su merced. Para él había llegado el momento de la dulce venganza; ¡quien ríe el último, ríe mejor!. El corte de pelo que me iba a hacer tendría unas connotaciones especiales, no lo consideraría un servicio más. Aprovecharía la situación para castigarme con severidad; jamás volvería a cachondearme de su trabajo ni de su respetable clientela.
A punto estuve de suplicarle a mi padre que me llevara a otra barbería, una moderna unisex. Sin embargo, estaba tan asustado y aturdido que no podía articular palabra. Me movía como un autómata, como un reo conducido al patíbulo para ser ejecutado.

De repente oímos un gran estrépito; mi padre y yo volvimos la cabeza para ver lo que ocurría; íbamos a ser testigos de una escena de violencia familiar.Hoy en día ese padre estaria en el calabozo por maltrato. Tenía los nervios a flor de piel y aquello no ayudó precisamente a calmarlos. Vi a un señor maduro, calvo y con el bigote recortado, empujando de malas maneras a un chico algo mayor que yo. El muchacho se resistía e intentaba huir sin éxito. Arrastras y a la fuerza. El padre era más corpulento y estaba dispuesto a emplear la fuerza bruta con tal de someter a su hijo. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Mi padre y yo permanecimos en completo silencio, inmóviles y expectantes. Este caballero, encolerizado, con la mirada iracunda, arrastraba a la fuerza a aquel jovencito al interior del callejón. Le amenazaba con pegarle una paliza:
-Yo a ti te domo. Me vas a obedecer por las buenas o por las malas. No te vas a salir con la tuya, aunque sea lo último que haga. ¡Te cortas el pelo porque lo digo yo y basta! te van a afeitar con cichilla y espuma...Te voy a partir la cara si me desobedeces…
Muy mal presagio esa estampa para lo que me iba a suceder en manos de don Valentín.

Publicado la semana 20. 21/05/2017
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