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DON MONCHO DIAZ DE REBOLLEDO: UN CABALLERO DE ORDEN

Mi padre era como un robot, muy metódico, de rancias costumbres rutinarias y amante del orden y la disciplina. Mi madre nos dejó tirados pocos meses después de nacer yo. Se fue con otra mujer. A partir de ese palo tan fuerte para un hombre católico practicante, decidió renunciar a la vida social, a los amigos y a todo aquello que pudiese distraerle de sus quehaceres. Igual por sentirse culpable y humillado, se consagró al cuidado de su único retoño: yo, su mayor devoción, para hacer de mí “un hombre de provecho”. Trabajador infatigable, llegando a lo servil, había accedido por méritos propios y herencia de mi abuelo a un puesto de gran responsabilidad en todos los bizarros negocios familiares. No quería que me faltara de nada y anteponía mi bienestar a cualquier otra cosa. El escaso tiempo libre de que disponía lo pasaba junto a mí. Lo recuerdo como un padre cariñoso y a la vez muy autoritario. Me había impuesto unas normas de conducta que debía cumplir, sin ningún tipo de excusa. Él sabía perfectamente lo que me convenía. Ejercía sobre mí un férreo control; debía obedecerle sin rechistar. Era un cariño oscuro en todo caso, y ahora puedo comprender, pasado el tiempo, que Don Moncho Díaz de Rebolledo era un psicopata con trastronos maniacos.

Cada tarde, después de merendar, tenía que rendirle cuentas sobre mis actividades escolares. Su despacho de trabajo se transformaba en un aula y él se convertía en un severo preceptor. En aquel tiempo yo cursaba sexto de EGB; mi padre dominaba a la perfección todas y cada las asignaturas del curso. De momento se encontraba totalmente capacitado para explicarme las lecciones y no necesitaba contratar a ningún profesor particular. En estas circunstancias yo no tenía más opción que estudiar y ser un alumno aplicado.

En nuestro hogar “cada cosa tenía su sitio y había un sitio para cada cosa”; reinaba el orden absoluto, la improvisación no tenía cabida. Nada más entrar en casa, mi padre se dirigía a su dormitorio; se quitaba la americana y el chaleco del traje y los colgaba en el galán de noche, para evitar que se arrugaran. En invierno, para estar más cómodo y abrigado, vestía un batín gris marengo, de auténtico terciopelo de algodón, con pasamanería y trenzados, muy del gusto inglés. Se había comprado unas zapatillas a juego que llevaban bordada su inicial en el empeine. En época estival prefería usar una bata de seda, también en tono gris oscuro, y unas zapatillas negras de piel, abiertas por detrás. Un Liberace castizo en su reino matritense.

Mi padre era un caballero español de orden. Vestía impecablemente, sin salirse un ápice del clasicismo más tradicional. Cuando necesitaba un traje nuevo acudía a la sastrería de Don Valentín en Lavapiés. Este establecimiento centenario confeccionaba trajes a medida para civiles, chulapos y también uniformes militares. Siempre le atendía don Valentín, el propietario del negocio.

Estaba anclado en los looks de los años 60. Aborrecía la moda unisex; encontraba los diseños modernos chabacanos y poco varoniles, de afeminados e invertidos. Tampoco hacía concesiones a trajes de color claro, ni siquiera los usaba en los días más cálidos. Optaba por tonos muy sobrios (marengo, marino, marrón y verde seco) propios de la funeraria. Las americanas le gustaban sin abertura trasera, muy cerradas, con tres botones y solapa reducida. También las de rollo marinero eran de su agrado. Consideraba que el chaleco, confeccionado con la misma tela del traje, era una prenda imprescindible; lo utilizaba en todas las estaciones del año. Los pantalones tenían que ser de pata estrecha. En cuanto a los tejidos se refiere, se decantaba por las franelas para combatir el frío invernal; las alpacas brillantes y oscuras las reservaba para la temporada de verano. Una ranciedad extrema que hacían de sus pintas motivo de habladurias por su excesivo acicalaje.

Casi todas sus camisas de vestir eran blancas y de puño doble, para poder así lucir los gemelos de oro. Usaba corbatas de pala estrecha, en tonos oscuros, lisas o con rayas discretas; solía tener problemas para encontrarlas; en aquellos años estaban de moda las anchas de rollo hippy con estampados llamativos, o las tipo "la arruga es bella" de Adolfo Dominguez. Para sujetarse los pantalones recurría a unos rancios tirantes elásticos en colores sobrios, inspirado en su admirado Manuel Fraga Iribarne. La austeridad era su religión. Se recorría todas las mercerias y sastrerías más recoletas para comprar todo a su gusto.

Los zapatos modernos, tipo Kickers o los naúticos, tampoco le agradaban; decía que sólo eran apropiados para realizar trabajos rudos, como descargar camiones y de gente del arroyo. Los lisos, de punta y con cordones eran sus favoritos. También las botas. Revolvía Roma con Santiago hasta encontrarlos en alguna zapatería. Sabía que eran modelos antiguos, descatalogados, pero a él (Don Erre que Erre) le gustaban y no había nada más que hablar. Para mi padre el calzado masculino sólo podía ser de dos colores: negro o marrón oscuro. Todos los días se los lustraba a conciencia; los pulía hasta que le quedaban “como dos espejos”. En algunas ocasiones recurría a los servicios de un limpiabotas profesional. Humillar también era su religión. Y sentir que le limpiaban los zapatos un placer que se le notaba en la cara de gusto cada vez que tenía al limpiabotas de rodillas lustrando sus botas.

Todos sus calcetines tenían que ser lisos y oscuros: grises, negros, marinos o marrones. Los combinaba tanto con la corbata como con el traje. Jamás se los compraba cortos; se los estiraba hasta que le llegaban a la altura de la rodilla. Tampoco le gustaban los tejidos gruesos, ni siquiera para el invierno. Sus calcetines favoritos eran los fabricados en hilo de Escocia y tejido de canalé de la marca Punto Blanco. Los alternaba con los extra-largos, finos y transparentes, de la marca Ejecutivo; este producto, novedoso en los años 80, supuso para él un hallazgo total.Y la lycra todo un mundo a descubrir. Los adquiría en una mercería especializada en ropa de caballero, regentada por don Andrés Fontecha & Cano, Hijos de Fontecha & Cano, cerca de Plaza Mayor. Aunque un detalle me chirriaba... le gustaba usar liga de mujer para que no se cayesen.

En este mismo establecimiento, hoy gentrificado, compraba la ropa interior. Opinaba que un caballero debía ser elegante hasta en paños menores. A pesar de su tradicionalismo en el vestir, por dentro era kinky. Aceptó de buen grado una prenda innovadora para la época: el llamado braslip, que carecía de pata y era tipo tanga casi. Los usaba blancos o de colores, de algodón tupido, acrílicos, altos de cintura y con bragueta. Haciendo juego llevaba la camiseta de tirantes, siempre de la misma marca que los calzoncillos. Para el verano prefería las camisetas y braslip de punto calado, con “agujeritos”, más frescas. Mi padre se mudaba todos los días, tanto de ropa interior como de calcetines.Jim, Punto Blanco, Abanderado, Ocean... hasta en sus versiones fantasía eran su delirio.

Todas las mañanas, después de ducharse, comenzaba el ritual del afeitado. Se enjabonaba la cara con la brocha de tejón y se rasuraba con una maquinilla metálica. Para terminar se masajeaba el rostro, aplicándose una abundante cantidad de loción Flöid. Sus marcas favoritas de colonia eran Agua Brava, Brummel y sobre todo Varon Dandy. Toda su ropa, incluso sus armarios, desprendían este aroma tan masculino. Un olor muy fuerte y extremo que era casi como inhalar poppers.

Antes de coger la ruta al cole, debía darle un beso de despedida. Al acercarme a él, me restregaba y sobaba bien, y yo aspiraba aquella fragancia tan varonil y penetrante que casi me colocaba. Cada quince días acudía a la barbería del Casino de Madrid para cortarse el pelo. Le gustaba llevar el cuello con una disminución muy marcada y el cogote pelado al cero casi afeitado. Siempre usaba las patillas muy cortas y cuadradas; las largas, rollo Mod, decia que eran de esos "invertidos de La Movida madrileña". En la zona de arriba se dejaba el pelo tieso y se lo peinaba tipo cepillo en plan castrense. Los melenudos provocaban en él un rechazo visceral, de perder los papeles. Llevaba un flattop a lo redskin de Ohio, de la América más profunda sin saberlo.

El Casino era una sociedad privada de caballeros, con normas muy estrictas. A sus instalaciones no podían acceder ni mujeres ni niños menores de catorce años. Los socios buscaban un ambiente de relax y no permitían que nada enturbiase la paz de sus salones. Por este motivo mi padre y yo nos cortábamos el pelo en locales diferentes. A mi me llevaba a las más cutres de los barrios de arroyo como Usera, Villaverde bajo, Carabanchel... para dar ejemplo de austeridad. Por esos andurriales podía su ir su lustre orgulloso y era tratado como un gran señor "de dineros". Un verdadero caballero de orden.

Publicado la semana 2. 03/02/2017
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