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DESPIOJARSE O MORIR (parte 2)

Casualmente aquella misma tarde iba a visitar la barbería. A los doce años me preocupaba en exceso la opinión de mis compañeros de clase; mi personalidad era aiñada u freak ene xceso. No me apetecía aguantar el sarcasmo de los otros si me metían un pelado demasiado riguroso. Sin embargo, nuestro tutor me había proporcionado la coartada perfecta para justificar, delante de los demás, una buena esquilada militar. Aduciría temor a los piojos, a un probable contagio que inexorablemente sólo se solucionaría con un humillante rapado al cero.

Cuando sonó el timbre abandoné a toda prisa el aula, no sin antes haber introducido en la cartera todos los libros y material escolar que iba a necesitar para hacer los deberes de aquel fin de semana. En el zaguán de salida algunos alumnos de mi clase formaron corrillos en los que se comentaba el tema. Reginín y yo avivamos el fuego, sembramos el pánico entre los demás. Si pillabas piojos sólo se podrían eliminar con un rapado al cero, habría que sacrificar todo el cabello.

A mis compañeros les puse sobre aviso de que el lunes acudiría a clase con el pelo “muy pero que muy corto”. Siempre sería mejor un pelado militar a que te dejaran la cabeza sin un solo pelo. No estaba dispuesto a correr riesgos ni a perder un solo día de clase por este tema. A los infectados se les expulsaba del colegio y sólo serían readmitidos cuando su cabeza se asemejase a una bola de billar. Sentirían el oprobio, el rechazo por parte de sus compañeros; nadie querría compartir pupitre con ellos. No queroa ser in infectado, marginado, excluido, miserable...

Algunos chicos opinaban que se había desatado el pánico de forma injustificada; preferían esperar a ver cómo se desarrollaban los acontecimientos. Yo, uno de los abanderados de la liga contra la pediculosis, alegaba por el contrario que este tipo de infecciones no desaparecen solas, que se extienden si no se toman las oportunas medidas higiénicas:

-He leído en esta tarde en El Alcazar que los piojos se adhieren al pelo largo, con el fin de depositar sus huevos en un lugar cálido y poder procrear. Se reproducen a una velocidad increíble. Son parásitos cuya picadura provoca enfermedades como el tifus…
No me conocía a mí mismo. Desterré mi habitual timidez para defender enérgicamente algo de lo que estaba convencido. Las caras de la mayoría de mis compañeros no dejaban lugar a dudas; se había desatado la histeria colectiva. Varios de ellos, inducidos por Reginín y por mí, decidieron acudir a la peluquería ante aquel panorama tan sombrío que se presentaba. Nadie quería acabar con la cabeza como el teniente Kojak, ni ser un proscrito a causa de la pediculosis. Todo el colegio al día siguiente sería como un hospicio. Mi sueño hecho realidad.

Publicado la semana 18. 07/05/2017
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