17
farrandemora

DESPIOJARSE O MORIR (parte 1)

Los viernes por la tarde las clases eran muy llevaderas. Durante la primera hora teníamos pretecnología (manualidades). Entre mi amigo y yo estuvimos realizando un trabajo de marquetería; pretendíamos construir un plumier de madera para guardar los objetos de escritorio. El hermano Juan Ramón nos permitía hablar pero sin escandalizar demasiado. Le conté a Reginín lo que ocurría:
-Regi, tengo que decirte algo importante. Prométeme que no te vas a reír de mí...

Mi amigo me juró no mofarse por divertido que fuera el tema. Yo, visiblemente nervioso, le expliqué mi problema:

-Verás, mi padre desde hace días me está insinuando que me corte el pelo; me toca la cabeza por sorpresa, me agarra de las patillas, me echa miraditas mientras comemos y me lanza indirectas de todo tipo. Hoy sin embargo no se ha andado con rodeos; me ha ordenado que me esquilen esta misma tarde, sin ningún tipo de excusa.

Reginín me interrumpió:

-Bueno, pues vete al unisex. Ya sabes que te pela muy poco; te recortará el flequillo y te entresacará lo de atrás y ya está. Mucho peor es don Valeriano, al que me manda mi padre; es un hombre mayor y bastante anticuado. Menos mal que como voy solo puedo frenarlo a mi gusto. Le hago creer que me han dicho en casa que nada de maquinilla, que corte poquito.

Yo exageré mi preocupación; fingí una angustia que no sentía para que mi amigo se compareciera de mí:

-Regi, mi padre, esta mañana en su despacho, ha estado reunido con un cliente muy importante; se trata del dueño de la mercería, que a su vez es el padre de los gemelos. Le ha aconsejado que me lleve a la barbería de don Valentín. No me explico como ha podido salir este tema a colación; estoy venga darle vueltas al asunto. A lo peor los dos hermanitos se han ido de la lengua; seguro que le han contado a su padre que los espiamos mientras se cortaban el pelo y que luego los seguimos por la calle…

Mi amigo se llevó la mano a la frente y empezó a resoplar. No se podía caer en peores manos:

-Debes hacer algo para que no te eche la zarpa ese esquilador. Dile a tu padre que estaba cerrada la peluquería y que te has ido a otra.

Yo apenado repliqué:

-mi padre me va a acompañar. En cuanto salgamos de clase me va a llevar en persona hasta Lavapiés. Además la cosa se ha puesto muy fea. ¿No te has enterado de lo de los piojos?
A mi compañero de fatigas, al escuchar mis palabras, se le pusieron los ojos como platos y exclamó:

-¡Es verdad!. Mi padre me lo ha dicho antes de marcharme al colegio. La noticia venía en El Alcazar. Te lo iba a comentar ahora mismo. A chavales de nuestra edad los están rapando al cero peluqueros militares. Los piojos se contagian muchísimo y si te pican te puede entrar el tifus. A mí también me han ordenado que vaya mañana sábado a pelarme. Pensaba hacerme el remolón pero con este panorama tan negro mejor será ceder y que el Señor nos pille confesados.
Después de un recreo de veinte minutos estudiamos ciencias sociales. La última media hora la dedicábamos a una asignatura de las que no puntuaban; se la denominaba formación. Nuestro tutor y padre espiritual solía comentarnos alguna noticia de actualidad que nos pudiese interesar a los chicos de nuestra edad. La pediculosis fue el tema elegido aquella tarde. El padre Arturo nos informó sobre la infección de piojos que afectaba a varios colegios de nuestro entorno. Nos dijo que si venían los sanitarios militares nos iban a rapar más que a los reclutas:

-Utilizan maquinillas de cortar el pelo y no se andan con contemplaciones. Os la pasan por toda la cabeza y os dejan el pelo al milímetro. Yo os aconsejo mucha higiene y limpieza. Venden champús especiales que repelen a los piojos; también hay lociones con olor a colonia. No sé si estos productos de farmacia serán del todo eficientes. Veo mucho melenudo en esta clase. Si nos visitan los de sanidad van a hacer una escabechina…
Instintivamente todos los chicos nos tocábamos las cabezas. Con los dedos medíamos la largura de nuestro pelo. Mi amigo sacó una regla de plástico de su pupitre y me mostró lo que él, erróneamente, creía que era un milímetro. El Padre Arturo, al ver el interés que teníamos por el tema, nos explicó el tema de las medidas:

-Un milímetro es la raya más pequeñita que existe. Lo que está señalando Regino es un centímetro, que son diez veces más de longitud. Si os pasan la maquinilla del cero os dejan un milímetro de pelo, algo casi imperceptible. No os podréis agarrar el cabello ni juntando las uñas. El cuero cabelludo se os transparentará por completo. En vuestras manos está libraros de un rapado traumático.

Publicado la semana 17. 29/04/2017
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
17
Ranking
0 239 0