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ENJABONADO EN LA SILLA POR CULPA DE UN SARGENTO CHUSQUERO (parte 2)

Mi padre seguió su experencia barbería, como poseido por uno de sus múltiples fetiches masculinos.
-Aquel día estaba de barbero un tal Junquera, un chaval de mi quinta. Cuando me vio entrar con el coco pelado se imaginó lo que sucedía. No utilizó ninguna maquinilla; directamente me enjabonó con la brocha, una y otra vez, para ablandarme el pelo. Me miré al espejo y parecía un merengue, con toda la cabeza blanca, cubierta por una espesa capa de jabón. Cuando empezó a deslizarme la navaja por el cuero cabelludo, sentí como me arrancaba de raíz el poco pelo que me quedaba. Los dos permanecíamos en silencio. Me estremecí al oír el sonido que producía la cuchilla al entrar en contacto con la piel: ras, ras, ras…

Seguí escuchando aquel relato tan truculento:

-Junquera me tocaba a cada paso la cabeza, para ver si quedaba algún residuo de cabello. Si el chusquero Benítez encontraba un solo pelo, el próximo calvo podría ser él. Los barberos eran responsables de su trabajo; se les exigía meticulosidad y precisión. Más de uno acabó con la cabeza como una bombilla, por no seguir al pie de la letra las instrucciones de un superior. Aquel chico tuvo el detalle de afeitarme la cara, para evitar que me arrestaran por la barba.

Mi padre, a pesar del tiempo transcurrido, recordaba cada detalle de lo sucedido:

-Delante de los otros soldados, el sargento me obligó a ponerme de rodillas. Acto seguido me extendió por el cuero cabelludo el aceite de ricino, con mucha parsimonia, recreándose en la humillación a que me estaba sometiendo. Luego, con una gamuza para limpiar zapatos, me abrillantó el cráneo a base de escupitajos, mientras silbaba una marcha militar. Finalmente me llevó a los lavabos para que viese el resultado. No paraba de sobarme la cabeza y de sonreír con malicia. Aproveché que estábamos a solas para pedirle perdón por lo sucedido y explicarle que lo del plato había sido un accidente. Benítez disfrutó al verme tan sumiso y me contestó que la próxima vez me iba a pelar los…

Mi padre no llegó a terminar la frase; me consideraba muy niño para oír ciertas expresiones malsonantes. Noté que su rostro enrojecía y un sudor frio como de excitación le caía por la cara; a punto había estado de meter la pata. Ahora comprendo que eran las palabras de un pervert con todas las letras. Pero me gustaba todo lo que contaba... estaba claro que tras el afeitado algo más fuerte sucedió entre el chusquero Benitez y mi padre. Algo propio de Sodoma.

Publicado la semana 14. 09/04/2017
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