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ENJABONADO EN LA SILLA POR CULPA DE UN SARGENTO CHUSQUERO (parte 1)

Viendo mi estado de nervios, mi padre sacó a relucir anécdotas de su servicio militar; pretendía que yo me tranquilizara y no diera tanta importancia a un corte de pelo riguroso:

-A mí en la mili, nada más llegar, me raparon toda la cabeza con la maquinilla del doble cero. Sólo se notaba la sombra del pelo. Cuando te pasabas la mano parecía que acariciabas papel de lija; aquello pinchaba más que la barba. Algunos de mis compañeros se lamentaban por haber perdido el tupé y se mostraban compungidos y apenados. Los soldados veteranos se divertían a su costa. Cuanto más preocupado te veían, más se metían contigo. Yo, por el contrario, me miré al espejo y sonreí. Mi cabeza parecía una bombilla, brillaba como si fuera de marfil. Fingí indiferencia y despreocupación. Sabía que el pelo me acabaría creciendo, que me saldría más duro y vigoroso.

Mi padre había cogido carrerilla, parecía excitado y no paraba de hablar sobre el tema:

-Durante la mili me lo volvieron a rapar, como castigo, al menos en cuatro ocasiones. El sargento Benítez estaba siempre acechando, como un perro de presa, a la espera de que cometieses alguna falta. Si llevabas un botón desabrochado o no te habías rasurado la cara correctamente, ya estabas sentenciado. Te mandaban a la barbería del cuartel y tenías que decirle al oficial de la peluquería que te metiera un pelado al doble cero. Luego te presentabas ante Benítez con la cabeza como un huevo. Si te habían esquilado recientemente y cometías una nueva falta, te aplicaba el castigo más duro que existía: un afeitado de cabeza con jabón y navaja. Exigía que te dejaran el cráneo “como el culo de un bebé”.

Mi padre continuó despotricando contra aquel suboficial:

-Aquel sargentillo chusquero gastaba muy mala leche. era una caricatura de un macho, ytan perverso que tenía una botella de aceite de ricino guardada en su taquilla. Para que cundiera el ejemplo, delante del resto de la tropa, te ordenaba agachar la cabeza recién rasurada. Te la untaba con aquel mejunje hasta que te brillaba como un espejo. Para completar la faena te la lustraba con un paño. Aquel hombre era un sádico que disfrutaba humillando a sus subordinados.

Ese sargento chusquero me recordaba los castigos humillantes de mi padre. Yo le pregunté si a él en alguna ocasión le llegaron a afeitar la cabeza:

-Hijo mío, tu padre no se libró de este castigo. La culpa la tuvo un puñetero plato metálico; se me cayó al suelo, mientras estábamos en formación para entrar al comedor. La semana anterior me habían rapado al dos ceros por llevar las botas sucias; además, el sábado y el domingo estuve arrestado, no pude salir de paseo. Benítez, al oír aquel estrépito, exigió que el culpable abandonase inmediatamente la fila y se acercase a él. Me obligó a agachar la cabeza y mientras me la sobaba me dijo:

-Aquí, aunque te pasen la maquinilla del dos ceros no se va a notar, no hay pelo para rapar. Así que te vamos a dejar el cráneo como ese artista de cine llamado Yul Brynner. Dile al barbero que quiero verme la cara tan guapa que tengo reflejada en tu cabeza; ¡qué te la deje como un espejo!. Cuando parezcas una bola de billar te presentas ante mí para que te la lustre.

Sentí un escalofrio porque ví que esa escena se iba a repetir de las manos de don Valentín, tras una orden estricta de mi padre. Me veía ya en braslips, camista de tirantes, calcetines ejecutivos y con la cabeza como una bola de billar. Y en el fondo yo lo deseaba también...

Publicado la semana 13. 02/04/2017
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