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farrandemora

LA HORA DE LA VERDAD: LA HORA DE DON VALENTIN

Después de comer, mi padre y yo nos dirigimos al salón, donde teníamos instalado el televisor. Como era su costumbre, se acomodó en el sillón orejero de piel marrón con unos tapetes de ganchillo, reservado exclusivamente para el cabeza de familia. A papá le gustaba escuchar las noticias de las tres de la tarde, “el parte” como llamaba al Telediario. Yo me senté cerca de él; aproveché el tiempo libre de que disponía para ojear un cómic de Tintín en el Congo, uno de mis favoritos.

Era de los pocos momentos del día en que nos encontrábamos los dos a solas, mano a mano. De vez en cuando, con mucho disimulo, nos observábamos el uno al otro; sonreíamos sin decirnos nada; nos comunicábamos con la mirada. Para relajarse aún más estiró las piernas, apoyándolas en un reposapiés de piel marrón. Se recogió los pantalones y el batín de seda etampado por encima de la pantorrilla, enseñando completamente los calcetines Ejecutivo en sus delgadas canillas.

De repente, por sorpresa, aprovechando que en la televisión había anuncios, mi padre me agarró suavemente de la cabeza y me dijo:

-Jovencito, tú y yo tenemos que hablar.

Mientras me daba aquel toque de atención, se puso una pierna encima de otra y comenzó a acariciarse la pantorrilla de manera un poco rara. Exhibía por completo sus calcetines grises de la marca Ejecutivo con ligas para que no se cayesen. Cuando me sermoneaba, para que fuera más aplicado y estudioso en el colegio, tenía la costumbre de masajearse la pierna de esa forma, como frotándose. Tal vez con aquel gesto deseaba captar mi interés, reforzar su autoridad sirviéndose del lenguaje corporal. Como si le excitara ejercer la autoridad. Sin embargo, esta vez su preocupación por mí era de otra índole. Un severo correctivo estaba por venir. Iba a recibir un ultimátum. Con su voz grave y severa, sin alterarse lo más mínimo ni perder la compostura, me miró fijamente a los ojos y me dijo:

-Esta tarde, sin falta, te cortas el pelo. Es el último aviso que te doy; si me desobedeces atente a las consecuencias. Ya sabes que yo por las malas soy capaz de cualquier cosa. La pena es que, hasta que no cumplas catorce años, no puedes acceder a la barbería del Casino Mercantil. Para mí sería mucho más cómodo que los dos nos cortásemos el pelo en el mismo sitio, para controlar que te esquilasen bien. Es una barbería de primera división, para caballeros españoles como yo. Además aprovecho la visita al “Salón de Caballeros” para que me haga un rasurado perfecto, con masaje facial y todo. El limpiabotas, Manolo, me pule los zapatos como nadie, arrodilado a la antigua usanza.

Mi padre había buscado una alternativa:

-Mira, vete a donde don Valentín, esa barbería que está Lavapiés la que hace esquina con la calle del Calvario. ¿Sabes dónde te digo?...

Asentí con la cabeza, con el corazón que se me salía del pecho. Mi amigo y yo conocíamos de sobra aquel lugar. Nos habíamos dedicado a fisgar, desde un rincón escondido, todo lo que ocurría en el interior de aquel rancio establecimiento. Mi padre ignoraba por completo mi perversa afición por las barberíasy demás parafernaia maculina acartonada; desconocía muchas facetas de mi personalidad pervert, que a final era calcada a la suya.

-Es una barbería económica, de las de toda la vida.De orden, con escudos de nuestra patria y cuadros del Caudillo. Me recuerda a la del difunto Romualdo, a la que te llevaba de pequeño a que te despiojaran. Desde que aquel señor cerró el negocio, no te han vuelto a hacer un corte de pelo en condiciones, al revés mira que melenas llevas de niña. Me la ha recomendado don don Benito del Prado Florido, hombre cabal donde los haya; el propietario del comercio donde te compré la ropa interior y los calcetines el otro día. Tiene dos hijos gemelos, más o menos de tu edad. Por lo que me han contado deben ser muy estudiosos, los primeros de la clase. Si la memoria no me falla, los vimos en la tienda, echando una mano a don Benito. Tanto los chavales como su padre son clientes de don Valentín toda la vida. Los tres llevan unos cortes de pelo impecables, a cepillo parisién. De hombres. Te voy a dar cien pesetas; le dejas al barbero un duro de propina. Que te deje pelado al estilo hospicio, bien limpio como Floro y Toñín, los gemelos del mercero.

Mi padre había tomado una decisión en firme. No se iba a dejar tomar el pelo por ningún peluquero moderno ni unisex: había llegado mi hora. La hora de don Valentín

Publicado la semana 11. 18/03/2017
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