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EXCELENTISIMO SEÑOR DON VENANCIO DIAZ DE REBOLLEDO D.E.P

Monchito, mi padre, era natural del arroyo hoy conocido como Villaverde bajo, el que fuera una de los escenarios más recurrentes de la miseria ibérica estilo "Las Urdes tierra sin pan", en Madrid. Fue un niño de posguerra criado en un andurrial, entre gitanos, mendigos, timadores, contraperlistas... Su infancia transcurrió entre poblaos, hogueras, pozos negros, descampados... y vivió en una chabola vertical criado por unos parientes, medio analfabeto, sucio y asilvestrado.

Por aquellos lares solían ir señores "de dineros" en busca de menores para servicio, chico de los recados, botones.. Uno de ellos era un hombre de orden, soltero (solterísimo) y admirador de la belleza juvenil de esos inframundos. Un hombre educado, acicalado, de buena familia, de apariencia castrense y ávido de un "sobrino" al que cuidar y atender debidamente. Don Venancio Díaz de Rebolledo al que yo consideré como mi abuelo.

Monchito era de una belleza extraña, una mezcla entre Joselito, Mickey Rooney y Lola Gaos, una especie de viejoven contrahecho, de culo respingon, cejijunto y de poca frente. Parecía medio retard. Quizas eso fue lo que hizo a mi abuelo, comprarle literalmente a esos parientes que le criaron como a una mascota salvaje, y llevarle a vivir con él a la calle Serrano, una de las mejores zonas de Madrid, con la excusa de colocarle de chico de los recados y botones en la barbería de caballeros de su propiedad. Además era dueño de una funeraria, una ortopedia, una freiduría de gallinejas y entresijos, una armería, un estanco, una tienda de cuchillos, tijeras y navajas, y otra de taxidermia. Negocios que florecían gracias a vender a precio de oro artículos de primera necesidad y de lujo, que escaseaban en plena posguerra. O sea extraperlo con todas las letras.

Del descampado pasó a el barrio de Salamanca tras ser desparasitado, aseado, vestido, educado y disciplinado por este prohombre, que con el tiempo le adoptó legalmente, tras un periodo en el que pasó por su "sobrino" como asiduo acompañante en cazerías, hoteles, restaurantes, reuniones sociales... como una pareja de las que en esa época llamaban "tio y sobrino", pero que toda la sociedad sabía que era un relación de dos hombres con 40 años de diferenca de edad. Una relación de amor literal entre padre e hijo, o entre esos dos roles bien definidos. Un fetish que ha existido desde hace siglos.

Una vez ya adoptado, ya en la treintena, las habladurìas eran demasiado fuertes y se imponía casar al ya convertido en Don Moncho Diaz de Rebolledo, flamante experto y proveedor de parafernalia masculina, reconocido en todo Madrid por ser la imagen y semejanza del ínclito Don Venancio. Su relación, sin embargo, no acabaría con la boda, pues padre e hijo (o "tio y sobrino", o "daddy & son") seguirían en la misma casa con la que sería mi madre. Buscaban una mujer sumisa, manejable, en realidad una criada que puediera parir un hijo. Y fueron a buscar al Convento de Santa Bernarda Auxiliadora, en la sección de descarriadas, patrocinada por el dinero extraperlista, que en esas causas benéficas encontraba la mejor forma de balnqueo. De allí salió mi progenitora, una descarriada que había acabado allí preñada por un señorito andaluz casado, que la repudió y mandó con las monjas. Se casaron discretamente, y a los siete meses nací yo. Me hicieron pasar por sietemesino para que las cuentas del embarazo cuadraran. Mi madre, tambíen nacida en un "poblao gitano" fue en realidad la interna de la casa y hacia las funciones de criada, vestida con un uniforme y cofia y continuamente humillada por su condición de descarriada. Su función era servir y ser tapadera. A los pocos años abandonó la casa para no volver nunca más. No pudo soportar las reglas masculinas castrenses de mis padres putativos, ni su misoginia, pues viviamos en un androceo que mitificaba toda la parafernalia del hombre. Lo femenino era algo prohibido, y vivido como una perversión en mi casa. Aunque estaba presente.

Cuando cumplí doce años la tragedia llegó a mi casa, Don Venancio falleció de un ataque al corazón cuando se encontraba en un club privado en muy singulares circunstancias. Una reunión mensual de hombres travestidos de mujer, un club de crossdressing en una boite de la llamada Costa Fleming, al que mi abuelo acudía puntualmente a dar vida a su lado más perverso y oculto. Ese día estrenaba un abrigo de visón y un vestido de pedreria de Balenciaga, con tacones de aguja forrados de la misma tela y bordados a mano. Todo comprado, en teoria, para mi madre biológica por el mismo, pero que la pobre mujer nunca llegó a lucir. Un ambiente sórdido en el que pareció inspirarse la película Mi Querida Señorita. Adela Castro, la protagonista (encarnada en la ficción por Jose Luis López Vázquez) era su vivo retrato.

Se había puesto también unos joyones de brillantes impresionante de la joyería Barcena. Un secreto a voces que saltó al darle el infarto fulminante ante el estupor de todas las damas "travelos de orden" allí congregadas: jueces, médicos, abogados, políticos, escritores... que fueron pioneros de esta adoración oculta hacia las prendas femeninas. Una especie de logia masónica de caballeros españoles vestidos de señoronas que eran el club más influyente de la vida social del Madrid old school. Por supuesto las joyas desaparecieron, al igual que todos los miembros del club, que abandonaron la boite cual ratas, dejando al pobre viejo desnudo, maquillado como una puerta, con un pelucón afro, desvalijado y en lencería de mujer. De esa grotesca guisa murió, el que por la sociedad matritense era considerado el más castizo de los hidalgos. Seguramente pasó al otro mundo muy feliz.

Trás el entierro, y el shock, mi madre terminó de enloquecer. Se fue a comprar unos encargos para el funeral y si te he visto no me acuerdo. Más tarde descubrimos que se fue con una de las monjas de aquel convento de donde fue rescatada. No la eche de menos pues para mi no era más que la chacha de la casa, no mi madre. Mi verdadera "madre" era mi abuelo, que había moldeado a mi padre a su imagen y semejanza. Finalmente, comenzaba una etapa mucho más extrema. Nos quedamos mi padre y yo solos, en ese caserón de Serrano, con toda la herencia psicológica, moral, vital y pecuniaria de Don Venancio Diaz de Rebolledo. D.E P
 

Publicado la semana 1. 02/02/2017
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