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Ana Centellas

Celos (II)

Aquella fue la noche en la que la incertidumbre entró de lleno en mi vida. No solo en el plano sexual, aunque he de reconocer que ocupaba el lugar predominante de mis dudas. Mi amiga me había regalado el mejor sexo que había tenido en mi vida y todas las bases sobre las que había ido construyéndome desde la niñez se tambaleaban como si las hubiese sostenido sobre una masa informe y vacilante de flan. Aparte de eso, el cambio radical que se operó en su actitud hacia mí desde entonces, tampoco me ayudaba a centrarme. Fueron meses extraños.

Anais se volvió tan cariñosa conmigo que llegué a pensar que ese era el problema que siempre había existido entre nosotras: estábamos destinadas a ser pareja y hasta aquel momento todo lo que había existido entre ambas eran resistencias. La relación entre las dos se volvió tan fluida y agradable desde que las vencimos que, confundida como estaba dentro de mi propia confusión, me dejé engañar por aquella y me acomodé en una relación sentimental con mi mejor amiga basada en la fidelidad.

Todo parecía ir bien hasta que conocí a Fabián. Era el chico más tímido que había conocido nunca, mi nuevo compañero de trabajo. Su carácter reservado y poco comunicativo me llamó la atención desde el primer momento, por no hablar de que tenía los ojos verdes más bonitos que había visto en mi vida. Su color era tan intenso que me sentía hipnotizada por ellos, me perdía en su mirada, que podía quedarme contemplando durante horas si no fuera por que ambos estábamos trabajando. Desde el primer día sentí la necesidad de estar a su lado, fue como una especie de atracción magnética tan fuerte que no pude ni quise resistir.

Fabián y yo nos volvimos inseparables en el trabajo. Compartíamos el tiempo de la comida y, algunas tardes, unas cervezas a la salida de la oficina. Descubrí a un muchacho divertido, tierno e interesante que derrochaba inteligencia por todos los costados. Y me enamoré de él.

A pesar de que Fabián conocía la existencia de Anais desde el primer día, los sentimientos son incontrolables y, entre los dos, comenzamos una especie de relación. Fueron tiempos confusos de nuevo, creo que he pasado la mitad de mi vida confundida y la otra mitad tratando de comprender mis confusiones. Cada noche, cuando regresaba a casa con Anais, me decía a mí misma que aquello no podía ser, que no podía estar sucediendo. Aunque mi corazón y mis sentimientos se empeñasen, para mi mente era imposible poder estar enamorada de dos personas a la vez. Por fuerza, una de las dos relaciones tenía que ser un error y me debatía entre los años y la confianza compartidos con Anais y la relación fresca y sincera que había iniciado con Fabián, pero era incapaz de renunciar a cualquiera de ellos. Al final, terminé aceptando mis propios sentimientos.

Si en algún momento creí que aquella historia podía funcionar, no podía estar más equivocada. Por un lado, Fabián. Al poco tiempo comenzó a sentir unos celos terribles de Anais, porque era ella la que compartía la cama conmigo cada noche y era, según él, mi relación oficial. Por otro lado, Anais. Siempre tuvo un instinto muy desarrollado y enseguida sospechó algo. Los celos volvieron a hacer acto de presencia entre nosotras y desconfiaba de mí hasta cuando bajaba a comprar el pan. Y con razón, pensaba yo, pero no toleraba para nada aquella actitud tan extremadamente posesiva.

CONTINUARÁ…

Publicado la semana 99. 19/11/2018
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