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Ana Centellas

Venganza por un crimen

Esteban llevaba años preparándose para aquel día. Para ser precisos, eran veintitrés años, tres meses y cinco días los que llevaba esperando, ansioso por volver a encontrarse con Andrés. No había nada que desease más en el mundo que echarse a la cara a aquel malnacido. Solo con pensar en que hubo una época en la que lo consideraba su mejor amigo le causaba una repulsa tremenda.

Cuando eran jóvenes, Esteban y Andrés eran inseparables. Se habían criado juntos, vivían en el mismo bloque, compartieron colegio, juegos en el barrio e incluso alguna que otra novia. Esto ocurrió con Inés. Fue la novia de Andrés durante un par de años. Inés era una muchacha preciosa con una inteligencia excepcional, que derrochaba dulzura en cada cosa que hacía y cursaba con mucha ilusión sus estudios de veterinaria. Era perfecta, en todos los sentidos, y tanto Esteban como Andrés lo sabían.

Andrés cambió su manera de comportarse con ella cuando comprendió que quizá era demasiada mujer para él, que nunca llegaría a estar a su altura. Se llenó de inseguridades y los celos le corroían por dentro, aunque jamás hubiese confesado algo así. A pesar de que con las demás personas Andrés seguía siendo en apariencia el mismo chico jovial y educado de siempre, en la intimidad con Inés se transformó en un auténtico monstruo. Comenzó a controlar todo lo que hacía, con quién hablaba, a quién veía. La alejó de sus amistades y, para aplacar su inseguridad, se volvió agresivo con ella. Cualquier excusa era buena para gritarle y pronto llegó a utilizar las manos.

La amistad que Esteban había trabado con Inés se intensificó durante ese tiempo. A escondidas de Andrés, Esteban fue su paño de lágrimas, un hombro en el que apoyarse y con quien compartir el sufrimiento que estaba viviendo. Fue él quien, sin ningún interés particular, la aconsejó que se alejara de su amigo. Para Inés, aquella fue la mejor decisión que pudo haber tomado y siempre agradeció a Esteban que le abriese los ojos de la manera en que lo hizo. Fue el tiempo el que, poco después, los unió. Todo el cariño y el apoyo mutuo que se habían prodigado durante el tiempo que duró el calvario de la chica, se fue tornando poco a poco en un amor inquebrantable.

Poco les duró la dicha, pues cuando Andrés tuvo noticias de la relación que mantenía su supuesto mejor amigo con Inés, entró en cólera, aun sabiendo que su vínculo con ella hacía tiempo que se había roto. Llevarían poco más de seis meses de noviazgo cuando, una noche en la que estaban cenando los dos solos en un coqueto restaurante, apareció Andrés totalmente fuera de sí. No pronunció palabra alguna, solo se limitó a asestarle a Inés varias puñaladas mortales sin importarle la gente que estaba presenciando la escena. Inés murió en brazos de Esteban, con un «te quiero» roto en susurros entre los labios.

Más de veintitrés años después, Esteban lleva más de dos horas esperando a la salida del centro penitenciario. Tan solo quiere ver la cara de Andrés por última vez, saber cómo le ha tratado la vida desde aquella maldita noche, intuir si su sufrimiento ha sido solo una mínima parte del suyo propio. El día ha salido lluvioso y hay poca gente en el recinto. Los coches de los funcionarios y algún que otro vehículo esporádico son los únicos que permanecen en el aparcamiento en aquella mañana de enero. Andrés aguarda dentro del coche con el motor parado, le hierve tanto la sangre que ni siquiera necesita encender la calefacción para mantener el calor de su cuerpo en llamas, a pesar del frío. Han sido demasiados años esperando este momento, planificando su venganza. Jamás pensó en dejar impune el atroz crimen cometido por su remoto amigo. Bajo su abrigo, el arma conseguida de manera ilegal, con su flamante silenciador, espera con agonía su turno para entrar en acción.

Son las doce en punto del mediodía cuando Andrés sale por la puerta del centro penitenciario. Mira hacia todos lados en busca de alguna cara conocida, pero no hay nadie esperando por él en la salida. Esteban se revuelve inquieto en el asiento, se asegura de que no pueda verlo y empuña el arma con su mano derecha enguantada. Los dedos tiemblan alrededor de la pistola sin que se atrevan a cerrarse del todo sobre ella, como si esta quemara. Ve cómo Andrés comienza a caminar despacio bajo la lluvia hacia una parada de autobús que se divisa en la distancia. Decide observarlo bien, quiere mantener esa imagen en su memoria, los últimos minutos de vida del desgraciado que se la quitó a Inés.

Lo ve demacrado, no tiene muy buen aspecto. Ha perdido por lo menos las dos terceras partes del peso que tenía cuando era su amigo y parece un esqueleto andante. Unas intensas ojeras no contribuyen para nada a mejorar su aspecto y parece que hubiese envejecido al menos cincuenta años. Así, bajo la lluvia, parece incluso un anciano decrépito y el aspecto mojado no hace más que acrecentar esa sensación. Desde la distancia, cree ver lágrimas resbalando por sus mejillas, que bien podrían ser gotas de lluvia, pero la apariencia enrojecida de sus ojos le indican que es llanto. Está llorando. Por soledad, por arrepentimiento, por tener la libertad que tanto tiempo habrá estado esperando, o incluso por el lamento de alguna enfermedad incurable quizás. Desde luego, solo con verlo se adivina algo así. Lleva una pequeña bolsa de plástico en la mano. Deben de ser sus pertenencias, todo lo que le ha quedado en la vida ahora cabe en una simple bolsa de supermercado. Esteban se estremece, y no precisamente por el frío.

Deja el arma de nuevo en su posición inicial. Quería venganza, sí, pero parece que la propia vida ya se ha encargado de ello. Además, él no es un asesino. No como lo fue Andrés. Arranca el coche y sale del aparcamiento levantando una gruesa capa de agua del suelo. Por el espejo retrovisor, ve cómo Andrés queda solo en aquella oscura y triste marquesina de autobús. Ahora puede vivir en paz.

Publicado la semana 97. 06/11/2018
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