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Ana Centellas

El jefe

—¡Vamos, panda de holgazanes! ¡Que esto no se mantiene solo! ¡Al próximo que vea descansando lo pongo de patitas en la calle! ¿Me habéis oído?

La voz del jefe atronaba en los oídos de los presentes. El calor era insoportable y, de vez en cuando, necesitaban un pequeño respiro para poder continuar con la tarea que, sin pedirlo, les habían encomendado. Para ello, solían esconderse tras las pilas de carbón con las que tenían que alimentar a paladas la enorme pira que ocupaba el centro de la estancia, que debía permanecer encendida las veinticuatro horas del día durante todos los días. Pero el jefe siempre les pillaba, aunque pareciese que no estaba presente, y no permitía ni un segundo de tregua.

Aquel día, la hoguera gigante ardía con inusitado frenesí por órdenes del jefe. Los empleados de los cuartos de las calderas también estaban trabajando a un ritmo frenético. Todos estaban agotados y apenas era segunda hora de la mañana. Mientras tanto, el jefe seguía emitiendo sus singulares berridos, que aquel día estaban cargados de una intensidad especial.

—¡Vamos, vamos, vamos! ¡Al próximo que vea parado lo lanzo a la hoguera!

Sebastián se quitó la ennegrecida camiseta, que algún día fue blanca, y la utilizó para secarse el sudor que le perlaba la frente y la nariz. Se encontraba ya agotado y acababa de comenzar su turno. Con un crujido de espalda, se apoyó sobre la pesada pala que utilizaba para realizar el trabajo y sacó un cigarrillo del bolsillo trasero de sus viejos pantalones vaqueros, que prendió con una de las alargadas llamas de la propia hoguera que estaban alimentando. Elevó la voz para hacerse oír y se dirigió a su compañero:

—¿Se puede saber qué mosca le ha picado a este hoy? Si yo llego a saber esto...

Alfredo se detuvo un instante, el necesario para hacer crujir sus articulaciones hasta recolocarlas en su posición, y continuó con la tarea de avivar la hoguera, mientras contestaba a su compañero entre jadeos:

—Pues, ¿qué va a ser? ¡Lo de siempre! Otro día que no ha follado...

La carcajada que soltó Alfredo llegó hasta los mismos oídos del jefe, que los miró con desaprobación. Sebastián ocultó de inmediato el cigarrillo y fingió recoger unas ascuas empujando la pala con el pie que había dejado apoyado sobre ella. Cuando se hubo cerciorado de que ya no eran el centro de atención, prosiguió:

—¡Anda, como todos! ¡No te jode! Pues que se apañe como todo el mundo, porque nos va a matar. ¡Otra vez!

No pudo evitar soltar una risotada ante su ocurrencia, que contagió a Alfredo.

—¡Ya te digo! —dijo este último, entre risas, sin abandonar la pala—. Yo que pensaba que esto iba a ser una gran orgía y míranos, trabajando como negros. Esto se avisa antes, coño. Me hubiese portado mejor...

Sebastián y Alfredo comenzaron a desternillarse de la risa, ya sin preocuparse por nada más. Alfredo soltó también la pala para quitarse la sudorosa camiseta y le pidió a Sebastián una calada del cigarrillo. No sabía cómo se las apañaba su compañero para conseguirlos. Allí dentro estaba prohibido fumar. El jefe los pilló desprevenidos. Apareció de la nada y se materializó a su lado con un enfado de dimensiones épicas.

—¿Se puede saber qué estáis haciendo? ¡Sois los operarios más vagos que he tenido nunca! ¡La próxima vez que os vea parados os mando derechos al cielo! ¿Me habéis oído?

—No nos lo digas dos veces, Satanás, no nos lo digas dos veces...

Publicado la semana 96. 01/11/2018
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