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Ana Centellas

No me dejarás sola

—Venga, José, no seas payaso... No intentes asustarme, sé que lo estás haciendo tú.

—Yo no estoy haciendo nada —contestó José, mientras mostraba sus manos en un gesto de inocencia. Se le escapó una risilla nerviosa que Almudena interpretó como una confirmación de sus suposiciones.

Almudena tenía que reconocer que estaba asustada. Sabía que no había sido una buena idea ir hasta aquel lugar de noche, no le daba buena espina, aunque en el fondo estuviese convencida de que no había nada que temer. En aquellos momentos, aquel convencimiento se estaba desmoronando con rapidez.

José solo podía pensar en una cosa, Almudena. Habían ido aquella noche al cementerio en busca de intimidad, algo que escaseaba demasiado en el pueblo. Por las noches aquel lugar estaba desierto y, aunque le había costado un poco convencer a Almudena, al final habían decidido pasar un ratito allí a solas, escondidos de las miradas ajenas e indiscretas de costumbre. Si hubiese sido por él, habrían hecho ya el amor allí mismo, recostados contra la vieja lápida de una tumba desconocida. La noche era perfecta, el cielo estaba despejado, una brillante luna llena aportaba la iluminación justa y podían contemplarse cientos de estrellas. Si no hubiese sido por lo peculiar del lugar, podría haber dicho que la noche estaba siendo incluso romántica.

La cosa había cambiado un poco en los últimos minutos, cuando ambos pudieron escuchar con nitidez un ruido extraño. Seguramente se tratase de alguien más que anduviese por el cementerio, o de algún animal, posiblemente un gato con un maullido lastimero, pero había que reconocer que la situación imponía. Tras unos segundos de calma y silencio, retomaron los cálidos besos en el costado de la tumba.

Un nuevo sonido, esta vez aún más estridente, se escuchó cercano. Almudena se separó de José.

—José, vale, te advierto que no tiene ninguna gracia.

—Almu, que no soy yo... —contestó José, estremecido. Aquel sonido chirriante, que habían escuchado tan de cerca, era muy diferente a cualquier otro que hubiesen podido escuchar en su vida.

En el silencio que ambos mantenían en la noche, se volvió a escuchar el ruido, cada vez más cerca, cada vez con más frecuencia. Era como si alguien o algo se les estuviese acercando. Almudena abrazó con fuerza a José y le pidió marcharse de allí, pero el chico por nada del mundo dejaría que ella lograse entrever algo del miedo que ya empezaba a embargarle, así que la instó a continuar allí mientras intentaba calmarla.

El siguiente sonido ya fue demasiado cercano y estruendoso como para dejarlo pasar desapercibido o intentar aparentar que aquello que estaba ocurriendo era normal. Podían incluso sentir movimiento bajo la tierra sobre la que se encontraban sentados. De un solo salto se incorporaron los dos a un tiempo, pero no pudieron hacer más, pues en cuanto estuvieron en pie quedaron por completo paralizados. Intentaron salir corriendo, alejarse de aquel lugar, que ya comenzaba a abrirse bajo sus pies, pero estos parecían estar anclados al suelo. Por más que lo intentaron, no consiguieron moverse ni un solo centímetro del sitio, para desesperación de los dos jóvenes.

Parecía que iban a ser engullidos por el suelo en cualquier momento y no podían hacer nada para evitarlo. De nada servían sus gritos de angustia, estaban inmóviles y la tierra continuaba abriéndose a su alrededor. Con un último estruendo, la lápida se partió en dos y una mano huesuda y sucia apareció de entre la tierra, seguida por un esqueleto siniestro que aún mantenía restos de carne putrefacta en algunos puntos.

Almudena y José se desgañitaban en un intento por encontrar un auxilio desesperado que nunca llegaría. En cuanto aquel nauseabundo ser hubo salido de la tumba, sus pies se desbloquearon. Intentaron salir corriendo, pero aquella cosa agarró a Almudena por un tobillo, lo que hizo que la muchacha cayese al suelo entre gritos de pánico. Comenzó a arrastrarla hacia el interior de la tumba.

José, perplejo, ya ni gritaba ni intentaba huir. Se limitaba a ver cómo Almudena se retorcía entre aquellas manos que no eran más que huesos, con los ojos abiertos como platos, sin hacer nada por rescatarla. Cuando volvió en sí intentó emprender la huida, con la intención de salvarse, pero en la primera zancada sintió cómo una mano con una descomunal fuerza lo agarraba de una pierna, haciéndole caer también al suelo.

Invadido por el pánico, se giró para ver cómo Almudena desaparecía por la zanja que había sido una sepultura, firmemente agarrada a su pierna y con ojos enrojecidos de dolor.

—No, cariño, tú te vienes con nosotros. No me dejarás sola...

Publicado la semana 93. 10/10/2018
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