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Ana Centellas

Una mujer sobre el tejado

Vivo en una gran ciudad, en uno de esos bloques de pisos anodinos que se repiten una y otra vez en las cansadas calles. Sin personalidad, sin encanto, sin nada especial que me haga sentir orgullosa del sitio en el que vivo. Es más, casi me causa vergüenza o, al menos, un ligero bochorno, mostrar mi residencia a las visitas. Lo cierto es que me gustaría vivir en un bonito barrio residencial, en una pequeña casita en el campo o en un impresionante ático con vistas al mar, pero mi nivel adquisitivo no me lo permite. Cosas de ser «mileurista» en los tiempos que corren. Al menos mi pequeña casa no está encajonada en uno de esos pequeños callejones angostos y sucios, sino que tiene frente a sí un hermoso parque. Bueno, tampoco es tan bello, ni siquiera es lo suficientemente grande para lo que me gustaría, pero es mi válvula de escape, mi pequeña fuente privada de oxígeno frente a los grises y humos de la gran ciudad.

Sin embargo, hay algo en mi bloque que me hace desistir de cualquier intento que pase por mi mente de cambiar de vivienda. Es algo que me tiene enganchada a él, como si fuese una droga que mi cuerpo precisa para poder funcionar. Cada noche, subo las escaleras hasta el último piso, ese sexto piso sin ascensor donde vive la familia más ruidosa que hubiese podido imaginar y, en silencio, introduzco una rudimentaria llave en una pequeña portezuela situada en el lugar por el que debería continuar la escalera de seguir subiendo. No debería tener esa llave, pero me las apañé para hacerme con una copia tras averiguar a dónde llevaba esa puerta. Con una pequeña linterna, subo el tosco tramo de escaleras que me separan de la trampilla que hay en el techo. A partir de ahí, solo hay dos escalones de distancia hasta mi paraíso particular, hasta mi droga, hasta mi adicción.

Salgo al tejado. Por suerte para mí, no hay azotea, como en muchos otros edificios, sino un conjunto de tejas viejas con vertiente a dos aguas. Me resulta un auténtico placer caminar sobre las tejas, despacio, con sumo tiento para no desplazar ninguna. Suelo pasear sobre ellas durante un buen rato, contemplando cómo la noche se cierne sobre la ciudad a mi alrededor. Desde allí arriba me siento poderosa, invencible. Paso después a sentarme sobre el caballón que separa las dos vertientes y dejo que los gatos se acerquen a mí. Ya somos viejos amigos. Cada noche puedo pasar entre dos y tres horas sentada allí, rodeada de mis fieles compañeros que nunca me dejan sola, observando el cielo, la ciudad, cómo se van apagando poco a poco las luces en el resto de casas, imaginando historias para cada uno de ellos. Incluso aunque llueva, nunca dejo de subir a mi pequeño rincón. Es más, bajo la lluvia la experiencia se convierte en algo sublime, mágico.

Hasta mis oídos han llegado numerosas historias que circulan por el barrio acerca de mí. Desde la intimidad de mi anonimato, ignoro o aliento los disparates a mi antojo, lo que hace que me sienta aún más poderosa. Entre los más pequeños, circula el rumor de que soy una bruja que cada noche se rodea de gatos negros para lanzar hechizos sobre la ciudad. Es mi pequeño secreto a voces, lo que me da la vida. Si supieran que tan solo soy una mujer sobre el tejado...

Publicado la semana 92. 04/10/2018
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