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Ana Centellas

Irresistible

—Voy a llegar tarde...

Las palabras de Roberto salían de su boca entrecortadas, apenas murmullos sin el énfasis necesario para que lo que acababa de afirmar tuviese el peso que requería o que, al menos, pretendía darle. Aquel era un día importante para él. No podía causar una mala impresión retrasándose.

Había escogido con cuidado su vestuario para aquella mañana. Estaba impecable con su mejor traje, el azul marino, el que siempre decía Sonia que le hacía parecer un alto ejecutivo, y los zapatos de vestir, los únicos que tenía, recién lustrados. Tras la ducha, había pasado un buen rato intentando acicalar su desenfadada melena bajo pingües capas de gomina y estaba más que satisfecho con el resultado. Desde la cama, una adormilada Sonia contemplaba, perezosa, todo el ritual. Desde luego, estaba guapísimo aquella mañana, estaba hecho un pincel, como habría dicho su madre. Y ella estaba allí, acurrucada bajo la funda nórdica, sin un pedazo de ropa que la cubriese, observando el espectáculo. Tenía que admitir que aquel ritual de ver cómo se vestía había sido tan sensual, o incluso más, que ver cómo se quitaba la ropa.

Prueba de ello era la creciente humedad que Sonia sentía entre sus piernas y que la hacía llegar a retorcerse sobre la cama para restregar su cuerpo sobre las sábanas como si fuese una gata en celo. Sin poder evitarlo, apartó a un lado la cálida funda nórdica para mostrarse ante Roberto en su plena desnudez, pícara, anhelante. Roberto emitió un profundo suspiro a la vez que movía la cabeza hacia uno y otro lado. Se conocía demasiado bien en lo que a Sonia se refería y sabía de sobra que, si ella se lo proponía, conseguiría lo que quería sin que él pudiese hacer nada para resistirse. Para él, ella era, simplemente, irresistible.

—Cariño, por favor... Sabes que esto es muy importante para mí. Llevo meses sin ir a una entrevista de trabajo, no podemos permitirnos el lujo de perder esta oportunidad —intentaba Roberto, sin demasiada confianza en sí mismo, disuadir a su mujer.

—Es que estás tan atractivo... Con ese traje tienes ese aire de ejecutivo agresivo que tanto me pone... —le contestó Sonia, mientras se acercaba hasta él gateando por la cama y mordiéndose el labio inferior— Venga... uno rapidito...

Para cuando Roberto quiso darse cuenta, Sonia ya estaba besándole el cuello, su gran debilidad. Aun con los ojos hinchados después de dormir toda la noche, estaba preciosa. Y así, completamente desnuda... Contra algo así no tenía alternativa posible. Con la boca pequeña, continuó intentando poner un poco de cordura a aquellas tempranas horas de la mañana.

—Sonia... Voy a llegar tarde... —susurraba, mientras correspondía a sus sensuales besos con entrega. Sus manos ya se deslizaban por el cuerpo de ella, al tiempo que las de Sonia comenzaban a revolver el pelo que tanto trabajo le había costado adecentar.

—Tienes tiempo de sobra... —le respondía Sonia, zalamera, entre besos y arrumacos, mientras tiraba de su ropa, dispuesta a conseguir aquello que tanto ansiaba.

Se detuvieron los relojes en la habitación aquella mañana. No se escucharon más palabras, tan solo suspiros y gemidos mientras el sol hacía su entrada por el balcón para iluminar la pasión de los dos amantes, enredados sobre la cama.

Más de una hora después, ya satisfecha la urgencia y con el cuerpo en reposo, un relajado Roberto y una sonriente Sonia permanecían abrazados bajo la calidez de la funda nórdica.

—Bueno, habrá que seguir buscando trabajo...

Publicado la semana 91. 25/09/2018
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