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Ana Centellas

Mentiras

Creías que podías engañarme, pero siento decirte que no, que fue al contrario, la que te engañé fui yo. Nunca creí tus mentiras, a pesar de que representaba a la perfección mi papel de mujer ingenua que nunca se entera de nada, que jamás hace reproches, que acepta con sumisión todos tus antojos. Y tú te lo creíste, cándido y necio. Nunca llegaste a sospechar nada, no te imaginabas, ni siquiera por asomo, que solo estaba aguardando al momento oportuno para mostrar mis cartas en la partida de nuestro supuesto amor.

Aún no sé bien si mi manera de actuar ha sido la correcta, pero, al fin y al cabo, tú estabas actuando del mismo modo, así que vamos a suponer que este hecho me descarga de cierta culpabilidad. Los dos mentimos, ¿no? Uno más que otro, de hecho, pues mi única mentira ha sido hacerte creer que no era consciente de tus múltiples engaños. A estas alturas doy por hecho que si quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón, al que miente a un mentiroso bien se le puede aplicar el mismo refrán. Aunque solo sea para descargo propio.

Lo que se escapa a mi comprensión es saber cómo pudiste creerme tan ingenua. Es cierto que estaba enamorada de ti y que dicen por ahí ciertas malas lenguas que el amor es ciego, o te ciega, o qué sé yo. Pero no tuviste en cuenta que yo anduve siempre con los ojos bien abiertos, lo aprendí desde pequeña, la vida me enseñó a hacerlo, no me preguntes por qué. Yo también guardo secretos, ¿sabes? No creas que eres el único privilegiado de nuestro hogar. La cuestión es que andar por la vida sin ningún tipo de vendas en los ojos, si tiene algún efecto, podría decirse que es hacer que tus sentimientos cambien. A mí se me fue el amor con el paso del tiempo, con tus mentiras, con tus oscuros ardides, y fuiste tú el que no lo supo ver. Ahora dime, ¿acaso era yo la ciega?

Hoy he decidido mostrar mis cartas, esa asombrosa escalera de color que tenía guardada bajo la manga, junto al as que siempre escondo por si lo necesito. No me sorprende que te desconcierte, pero sí me asombra la hipocresía que me has demostrado, interpretando a la perfección el papel de víctima dolida. ¿Sabes qué? No me importa. Yo sé la verdad, la mía y la tuya, y es con lo que me quedo. No preciso de más.

Hoy te digo adiós libre de culpas, dolor o remordimientos. Relájate. Seguro que ya tienes quién te quiera. Solo espero que sepa abrir bien los ojos, como lo hice yo.

Publicado la semana 90. 21/09/2018
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