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Ana Centellas

A las puertas del cielo

La esperó delante de la puerta que daba paso a los bellos jardines con los que siempre había soñado que estaría vestido el paraíso. Se trataba un hermoso portón de hierro forjado que daba paso a unas amplias extensiones de parterres cubiertos por el césped más brillante que había visto nunca, salteado por enormes y frondosos árboles que proporcionaban una fresca sombra y ramilletes de flores de los más vistosos colores que nacían por doquier, sin orden ni concierto aparente. Hasta él llegaba un cóctel de aromas tan delicioso que deseó que ella no tardase demasiado para poder internarse en aquel maravilloso lugar donde poder dar un romántico paseo tomados de la mano, como cuando eran novios.

No tenía ni la más remota idea de cómo había llegado hasta allí, pero lo cierto es que tampoco le importaba. Se encontraba en la gloria y lo único que quería era regodearse en aquella maravillosa sensación que le embaucaba por completo. Nunca antes se había sentido tan sereno, la temperatura era de lo más agradable e incluso le habían desaparecido los dolores que desde hacía tiempo aquejaban a sus huesos. Nada importaba ya el hecho de encontrarse de pronto, sin explicación aparente, ante aquel majestuoso lugar que invitaba al sosiego de aquella manera.

Hacía tan solo unos minutos que se había separado de ella, pero la impaciencia le estaba matando. Eso era algo que sí le había llamado la atención. No comprendía por qué, estando juntos, no le había acompañado hasta aquel lugar y, en cambio, le había pedido que la esperase. Con casi total seguridad habría querido arreglarse un poco para la ocasión. Ella era tan coqueta. Siempre lo había sido. Evocó su mirada de hacía tan solo unos instantes, tan cerca de su rostro, con aquellos ojos suyos tan expresivos del color de las avellanas, mirándole con ternura mientras le hablaba, a la par que le acariciaba el rostro. Se le habían formado aquellas decenas de arruguitas tan graciosas en torno a los ojos que tanto le gustaban mientras le susurraba con cariño:

—Espérame, mi amor. Me reuniré contigo. Te lo prometo.

Y allí estaba, esperando frente a la puerta sin atreverse a traspasarla sin ella, deseando que llegase para poder disfrutar de aquel bucólico ambiente a solas.

Un sutil movimiento llamó su atención y reparó, por primera vez desde que había llegado, en un anciano de barba blanca y largos cabellos también cubiertos de canas, con aspecto bondadoso, que, sin embargo, le miraba con gesto impaciente. Sintió de pronto como si su presencia allí fuese una molestia, a pesar de que nadie le había advertido de que no pudiese permanecer en aquel lugar ni hubiese hecho ningún ruido molesto. Se acercó hasta él con gesto interrogante, mirándole de arriba abajo, por completo maravillado por su porte indulgente.

—¿Piensas quedarte mucho tiempo más ahí afuera, Germán? Aunque no lo creas, no puedo estar esperándote aquí durante toda la eternidad. Si no estás satisfecho con el destino que se te ha asignado, siempre podemos hablar con el jefe —. La voz profunda del anciano le sobresaltó. Parecía proceder de todas partes y de ninguna a la vez, y aquel abuelo de amigable aspecto apenas se había limitado a realizar un ligero movimiento de labios. Se sorprendió de que conociese su nombre. Que él supiera, no habían sido presentados.

—Solo estoy esperando a Margarita, mi esposa. Debe de estar al llegar. Ella nunca se retrasa y no llevo aquí más de cinco minutos.

—¿Cinco minutos, Germán? —se carcajeó el anciano, provocando que el suelo temblara como un flan bajo sus pies. Ahora que se fijaba, parecía estar cubierto por algún tipo de material acolchado—. Llevas esperando a las puertas del cielo desde hace ya tres años. No tengas prisa por reunirte con Margarita, ella tardará un tiempo todavía en llegar. Anda... pasa... Claro, que si prefieres que te acompañe al sótano...

Con los ojos abiertos como platos por la sorpresa, Germán asintió con un leve movimiento de cabeza y se deslizó, como flotando en una nube, hasta traspasar la bonita puerta forjada.

Publicado la semana 89. 13/09/2018
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