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Ana Centellas

En el mismo sitio

El anciano estaba sentado en el banco, como cada día. Todos los días lo observaba en silencio, oculto tras la intimidad que le proporcionaban los cristales de la amplia ventana de la cafetería que había justo enfrente. El primer día que llegó, nada más dejar sus maletas en el piso de alquiler, salió a dar un paseo por la pequeña ciudad. Sin llevarlo premeditado, sus pasos se dirigieron de manera casi automática hasta el paseo marítimo. Siempre había amado el mar y la perspectiva de vivir durante unos meses en una ciudad costera  se le antojaba muy relajante. Decidió entrar a tomar un café en aquella cafetería, casi vacía en aquella época del año, desde la que podría divisar el mar a su placer a la vez que se guarecía del relente que comenzaba a refrescar la tarde. Lo que más llamó su atención fue el anciano del banco.

Tenía la piel curtida por el sol y más arrugas en el rostro de las que hubiese podido imaginar que podría llegar a tener una persona. Su edad era indescifrable, pero parecía hallarse perdida en algún tiempo entre la vejez y la eternidad. Lo que más le llamó la atención fue el gesto de extrema melancolía que, desde el otro lado del paseo, se adivinaba en su tez. Su postura era por completo estática y juraría que no se había modificado un ápice en todo el tiempo que pasó observándolo. Con manos marchitas apoyadas sobre el bastón, dirigía la mirada a un punto indeterminado del horizonte, mientras descansaba su barbilla sobre ellas.

Después de aquel primer día, tomó la costumbre de salir a pasear todas las tardes. Recorría el paseo marítimo despacio, con mucha calma, queriendo paladear hasta el más mínimo de los momentos que la vida le había querido regalar allí, junto al mar. Observaba con la misma emoción de la primera vez cada pequeño salto de agua, cada cresta de ola que se formaba en la vasta extensión azul que tenía ante sus ojos y que resplandecía como si fuese una joya ante el más sutil rayo de sol. Siempre terminaba su paseo en la misma cafetería, sin faltar ni un solo día, como tampoco lo hizo el anciano de la mirada perdida en el mar. Tras la cristalera, lo observaba durante largo rato, en silencio, creando, sin ser visto, un vínculo especial con aquel hombre del que ni siquiera conocía el nombre. Cuando caía la noche y regresaba a su casa, el anciano seguía allí, inmóvil, como un vigía que tratase de proteger el mayor de los tesoros.

Los seis meses que duró su trabajo en aquella ciudad pasaron mucho más aprisa de lo que le hubiera gustado. Cuando quiso darse cuenta, tenía preparadas las mismas maletas con las que llegó sobre el suelo de su dormitorio, esperando para partir a la mañana siguiente, temprano. Su último paseo por la playa al atardecer se alargó sin querer hasta la caída del sol. Pensó en regresar a casa y faltar a su cita con la cafetería y el anciano, pero algo en su interior le hizo replanteárselo. Solo faltaría a una de sus citas diarias.

Temió que, siendo ya de noche, el anciano se hubiese retirado ya del banco, pero allí estaba, sentado en la misma posición que de costumbre. Lo observó durante un tiempo, acodado sobre la barandilla que separaba el paseo de la playa, sin decidirse a irrumpir en los pensamientos de aquel hombre que parecía tan apesadumbrado. Una gran luna llena había comenzado su ascensión en el cielo y su reflejo en el mar era especialmente bonito aquella noche. Al final, se decidió a sentarse a su lado.

Con sumo cuidado, como si temiese interrumpir algo muy delicado, se sentó en un extremo del banco que ocupaba el anciano cada día. Permaneció a su lado en silencio durante un buen rato, observando el mar con el mero placer de su compañía. Aquella persona ni siquiera se había inmutado ante su presencia, parecía estar ajeno a todo lo que le rodease.

—Es hermoso, ¿verdad? —se atrevió a decir, al fin, rompiendo el silencio de la noche, mientras con un gesto de cabeza señalaba el mar.

No obtuvo respuesta. Aguardó durante un momento y, cuando ya estaba pensando levantarse e irse, el anciano, sin modificar para nada la postura ni su gesto, le contestó:

—Lo odio.

Aquella respuesta lo dejó paralizado. De todas las contestaciones posibles, jamás hubiese esperado una así de una persona que pasaba horas completas contemplando el mar a diario. Optó por guardar silencio.

—Él se la llevó, ¿sabes? —volvió a hablar el anciano del mar. Su gesto se contrajo y fue capaz de ver una lágrima deslizarse por su apergaminada mejilla, justo antes de que se levantase del banco y se alejase del lugar con paso trémulo, dejándolo en soledad.

Han pasado ya varios años desde que dejó aquella bonita ciudad de la costa. Jamás regresó, a pesar de que en más de una ocasión hubiese tenido ganas de hacerlo. Ignoraba si aquel anciano continuaría visitando cada día el mismo banco del paseo o si ya habría partido a reunirse con ella. Él prefería recordarle así, siempre en el mismo sitio, mirando con añoranza hacia el mar.

Publicado la semana 88. 05/09/2018
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