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Ana Centellas

El encuentro

Mi coche no podía haber encontrado una ocasión peor para dejarme tirado. Es mi culpa, lo sé. Se veía venir, no era la primera vez que lo intentaba, pero mi bolsillo amenazaba con desaparecer en una marejada de números rojos y el arreglo del dichoso coche había tenido que quedarse pendiente para el mes siguiente. No llegó. ¿Por qué no pudo hacerlo a un par de manzanas de mi casa? Podría haberlo hecho incluso en el colosal atasco matutino que soportaba cada día. Pero no. Tuvo que hacerlo precisamente aquella desapacible noche de invierno cuando, tras la jornada laboral, viajaba hasta el pueblo de mis padres para hacerles una visita de fin de semana.

Era ya noche bien cerrada y, para colmo, llovía. La carretera comarcal por la que circulaba parecía una pista de patinaje por el agua acumulada sobre el desgastado asfalto y el pobre limpiaparabrisas de mi pequeño coche no daba abasto. Soplaba un fuerte viento que enviaba la lluvia a grandes rachas contra la luneta y mi atención estaba puesta al cien por cien en la carretera llena de baches, mientras maldecía el mal estado de la misma. Aquella tarde nada hacía presagiar que se iba a desatar un aguacero como aquel. De otra forma, jamás se me hubiese ocurrido ir a pasar el fin de semana al pueblo. Pero allí estaba, sudando la gota gorda por mantener el control de mi viejo coche, a pesar de que hacía un par de meses que se había estropeado la calefacción y estaba aterido de frío, envuelto en un grueso abrigo y con las manos bien enfundadas en unos guantes de cuero.

Escuché a duras penas un ruido extraño entre el bullicio que producía la lluvia al chocar con inusitada fuerza sobre el capó metálico del coche. Un relámpago de una intensidad sorprendente iluminó todo el paisaje durante un breve segundo y, a la par, mi coche se detuvo, ocupando la carretera casi por completo. Sentí un torbellino de ansiedad formarse desde lo más profundo de mi estómago, aún no sé si motivado por el hecho de haberme quedado tirado en semejantes circunstancias o por el miedo de que algún otro incauto que circulase por aquella carretera no lograse verme invadiendo buena parte de los casi inexistentes dos carriles. Desde luego, nada comparado con lo que sentiría a continuación. Para ello sí que no estaba preparado en absoluto. De haberlo sabido con antelación, casi con total probabilidad me hubiese desmayado de inmediato.

Traté de utilizar el teléfono móvil, aunque solo fuese para contactar con mis padres, de los que aún me separaban más de sesenta kilómetros de carretera sinuosa, a sabiendas de que localizar una grúa resultaría imposible a esas horas de un viernes por la noche por aquellos lugares. Fuera de cobertura, como no podía ser de otra manera, para hacer la experiencia mucho más interesante de lo que ya era. Solo me quedaba aguardar a que escampase, si es que lo hacía, para tratar de poner en marcha el coche. El frío era cada vez más intenso y ya podía sentir la humedad calándose en mi interior. De esta no me libraba sin un buen resfriado, como mínimo.

Llevaba ya casi dos horas esperando en la oscuridad a que cesase la lluvia o que algún otro coche me embistiese, lo que ocurriese primero. Pero ninguna de las dos cosas sucedía. Había quemado mi último cigarrillo hacía ya más de treinta minutos y el frío y la desesperación se estaban apoderando de mí. Una somnolencia extraña me empezó a invadir y llegué incluso a temer que fuese debido al entumecimiento por el frío. La cosa se ponía fea por momentos y tampoco había perspectiva de que fuese a mejorar en breve. De repente, ocurrió.

Frente a mí, surgieron de la nada unas brillantes luces que se acercaban hacia donde yo estaba con una velocidad vertiginosa. Lo primero que me vino a la cabeza fue pensar que mi vida acababa allí, una fría y lluviosa noche de invierno, en una cochambrosa carretera, arrollado por un inmenso camión después de pasar horas aterido en la más absoluta soledad. Pero aquellas luces se movían con demasiada rapidez para ser un camión. Por no hablar de su tamaño. En tan solo unos segundos, tenía sobre a mí una espectacular aeronave envuelta en una densa bruma que la hacía más fantasmagórica si cabe de lo que ya era. Estaba suspendida sobre mi coche, iluminando con sus potentes faros el interior del vehículo. Confieso que en ese momento me oriné en los pantalones. ¿Qué demonios era aquello?

Frente a la intensa luz se presentó ante mí un ser extraordinario, no encontraría otra palabra para definirlo. Como surgido de la nada, estaba allí parado, frente a mi coche, rodeado del haz lumínico más brillante que había visto nunca. Su piel tenía una apariencia viscosa, como si se tratase de algún tipo de reptil, y me miraba fijamente con sus ojos saltones, de una manera tan intensa que parecía querer adentrarse en mi mente desde la distancia que nos separaba. Antes de que me diese tiempo a reaccionar o emitir sonido alguno, lo vi abalanzarse sobre mí convertido de pronto en una especie de masa gaseosa, igualmente gelatinosa. Un dolor agudo me arrasó el cuerpo por completo cuando lo sentí adentrarse en mí. De inmediato, me desmayé.

Cuando abrí los ojos estaba en mi cama, en el diminuto cuarto de la casa de mis padres. Mi coche se hallaba correctamente aparcado fuera y no había rastro alguno de la lluvia de la noche anterior. Ignoro por completo cómo llegué hasta allí, cómo logré recorrer los kilómetros restantes con mi averiado coche. Ignoro incluso si aquel extraño encuentro fue real, solo un sueño o una alucinación causada por el frío. Mis padres solo consiguieron decirme que irrumpí en la casa en mitad de la noche, calado hasta los huesos, con la mirada perdida y una fuerza descomunal, y que fui directo a la cama sin tan siquiera saludarlos tras haber interrumpido su sueño. Solo puedo decir que, desde aquella noche, todo el mundo que me conoce me dice que parezco una persona distinta, como si me hubiesen cambiado por otro de la noche a la mañana.

Publicado la semana 87. 30/08/2018
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