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Ana Centellas

Flor de loto

Cierro los ojos. Respiro. Lento y profundo. Con cada inspiración siento cómo el oxígeno se adentra con lentitud en mi cuerpo, insuflando vida a cada una de sus células, hasta llenar mis pulmones hasta el límite de su capacidad. Espiro con igual parsimonia, dejando que el sosiego se apodere de mi ser. Inspiro. Espiro.

El suave aroma a sándalo que emana de una sutil varita de incienso comienza a invadir cada uno de los rincones de mi cuarto. Me deleito con la fragancia que, poco a poco, llega hasta mis fosas nasales. La esencia lo llena todo y una grata nube de delicado humo comienza a acumularse en el ambiente, convirtiendo la normalmente anodina habitación en un espacio casi místico. Me recreo en el aroma. Inspiro. Espiro.

Tras un breve instante de silencio, solo interrumpido por el sonido de mis pausadas respiraciones, unas suaves notas musicales comienzan a llenar la habitación, completando el ambiente de una manera perfecta. La melodía de un dulce mantra da comienzo, para a continuación desplegar una cálida voz que parece llegar de todos los rincones a un tiempo. Trato de que hasta mis oídos solo llegue el sonido del mantra que lo inunda todo. Inspiro. Espiro.

Mi cuerpo se relaja por momentos, se abstrae por completo del mundo que lo rodea y comienza a evadirse. Los músculos se relajan y la mente se vacía. Inspiro. Espiro. Comienza la desprogramación mientras el ocaso penetra por los turbios cristales de la ventana del cuarto, creando un juego de sombras apenas perceptible a través de mis ojos cerrados. Inspiro. Espiro.

Mi alma se eleva. En tan solo unos minutos brotará de mí un espíritu nuevo cual flor de loto bajo la luz de la luna. La magia comienza.

Publicado la semana 86. 26/08/2018
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