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Ana Centellas

Principios

Me detuve durante unos minutos a observar las dos copas de vino que permanecían intactas sobre la mesa, a la espera de que mi acompañante regresara del baño. Yo misma las había servido hacía tan solo unos instantes. El oscuro color carmesí del vino recién decantado con experiencia parecía vibrar junto con el baile que las llamas que ardían en la chimenea habían comenzado hacía rato. Quedé hipnotizada.

El sonido de la puerta del baño al abrirse me trajo de vuelta a la realidad de la manera más cruel que hubiese podido imaginar. Giré mi rostro en su dirección, para ver una vez más a aquel señor que portaba un semblante más enrojecido que el vino que esperaba en las copas, debido al exceso de alcohol durante la cena compartida. Debía de triplicarme la edad y una prominente barriga colgaba por encima del pantalón mal abotonado por la rapidez y la torpeza.

Era muy consciente de que del resultado de aquella noche dependía en gran medida mi futuro profesional y, de hecho, he de confesar que cuando comenzó la noche estaba dispuesta a llevarme a casa aquel contrato firmado costase lo que costase. Aunque ello supusiese ciertas licencias que no encajaban con exactitud con mi moral.

La cosecha del año había resultado excepcional, dando como resultado un excelente syrah que reposaba ahora mismo oxigenándose sobre la mesa de aquella suite ajena. La confianza que tenía depositada en nuestro producto era tal que había acudido a aquella cena por completo convencida de que el contrato estaría firmado en el momento de los postres. Pero, al parecer, aquel extravagante empresario no estaba dispuesto a facilitarme las cosas aquella noche. Y yo no pensaba regresar a casa sin su firma haciéndome escalar posiciones en el departamento comercial de la bodega.

Sin embargo, algo ocurrió cuando lo vi avanzar por el salón de la suite con una expresión extraña en el rostro que identifiqué de inmediato. Aquel hombre me observaba como si yo me tratase de su presa. Pude ver con claridad la lujuria asomar a través de sus ojos azorados y una babosa sonrisa mostrándose en sus labios, como si ya estuviera saboreando el trofeo que satisfaría sus más primarios instintos de depredador.

Intenté evadirme de la realidad que se aproximaba dando un sorbo del delicioso vino. Lo cierto es que era realmente delicado y placentero. No pude evitar deslizar la lengua alrededor de mis labios, saboreándolo. Aquel gesto, completamente involuntario, pareció ser el detonante que mi acompañante esperaba para que diese comienzo la noche de arduas negociaciones. En menos de dos segundos estaba sentado a mi lado, con la copa de vino en los labios y sin separar los ojos de mí. Un escalofrío recorrió mi cuerpo.

En el momento en que sentí su abrasadora mano sobre mi muslo, la realidad me golpeó con una crudeza sin precedentes. Reprimí con disimulo una arcada y el único mecanismo de defensa que logré encontrar con celeridad fue la propia copa de vino que él mismo acababa de depositar sobre la mesa. Un tronco rodó por la chimenea haciendo crepitar el fuego en el mismo instante en que yo vertía doscientos euros de la mejor de nuestras cosechas sobre su impecable camisa de marca. Fui incapaz de reprimir una carcajada al ver cómo su camisa lucía ahora el mismo tono encarnado que su congestionado rostro, ahora por la furia.

Recogí con dignidad la botella abierta y salí de la habitación, sin contrato millonario, pero con mis principios intactos. Al salir a la calle, la noche me pareció más bonita que nunca.

Publicado la semana 85. 19/08/2018
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