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Ana Centellas

Mesa para dos

El fuego crepita sobre los troncos de madera que se apilan sobre la chimenea, en una formación piramidal casi perfecta. Uno de ellos resbala hacia el suelo de ladrillo ennegrecido del interior, lo que provoca un pequeño estallido y cientos de diminutas chispas que se disipan en tan solo un segundo. Rosa coge con cuidado las pinzas, que cuelgan de un pequeño soporte en un lateral, y coloca con suma delicadeza el rebelde pedazo de leña en su posición original.

El salón ya ha alcanzado una temperatura ideal en tan solo unos minutos. El calor que emana del fuego recorre su cuerpo, a la par que deja sobre sus brazos desnudos una sensación más que satisfactoria. Apura una copa de vino blanco y se dispone a preparar la mesa para la cena. Hace ya demasiados años que no prepara una mesa para dos. La emoción recorre sus cansados ojos grises, que durante unos segundos se vuelven un poquito más brillantes.

Sobre la mesa redonda del salón, Rosa dispone su mejor mantel, ese que siempre guarda para las ocasiones especiales y que nunca ha llegado a utilizar. Desliza sus manos sobre el suave tejido de color azul con detalles adamascados para que el ajuste sea perfecto. El bonito mantel queda centrado sobre la mesa con una precisión milimétrica. A continuación, coloca sobre él los platos de la vajilla buena, la de loza con dibujos florales. Un pequeño plato para el pan justo al lado del plato principal le parece el complemento ideal. Esta noche quiere que la mesa parezca dispuesta como en el mejor de los restaurantes.

Observa el reloj y comprueba con satisfacción que aún queda media hora para llegue su cita. Tiene tiempo de sobra para esmerarse un poco más. Se dirige hacia el cajón donde guarda la cubertería y elige las mejores piezas. Las coloca de forma equidistante con el plato. Se lamenta de no tener copas, nada más que aquella en la que se toma su ración diaria de vino blanco y que venía de regalo con una triste botella de sidra. Mientras mira dentro del armario, piensa que los vasos de cristal azul oscuro no son una combinación tan mala con el mantel. Coloca dos de ellos sobre la mesa.

Dedica unos minutos a realizar alguna virguería con las servilletas, siempre ha tenido mucha habilidad con ello, igual que con la papiroflexia, y las deposita sobre los platos. Para dar el broche final a su pequeña mesa para dos, dispone en el centro la rosa que compró esa misma mañana para la ocasión, de manera que luce espléndida dentro de un pequeño vaso de agua. Echa un vistazo a la mesa. Aunque debería estar satisfecha con el resultado, cree que le falta algún detalle más. Se queda observando mientras su mano izquierda acaricia su mentón, como si de aquella manera consiguiese atraer la luz que necesita para inspirarse. ¡La luz! Eso es. Una pequeña vela junto a la rosa y la menuda mujer del mismo nombre queda más que satisfecha.

El fuego sigue crepitando en la chimenea. Faltan unos diez minutos para que llegue su cita. Espera que sea puntual o, de lo contrario, los nervios se apoderarían de ella aún más de lo que ya lo han hecho hasta ahora. Se dirige al cuarto de baño. Se retoca el pelo, se pone un ligero toque de labial, algo que le confiera algo más de belleza pero siendo fiel a su estilo natural, y comprueba que el vestido floreado que ha escogido para la ocasión sea el adecuado. Durante unos escasos segundos, se ve hermosa en el reflejo que le devuelve el espejo. Sus mejillas están teñidas de un rubor natural que delata su nerviosismo, pero que a la vez le confiere un aire romántico y fresco.

Cuando apenas falta un minuto para la hora convenida, el timbre de la puerta emite un sonido que reverbera en toda la habitación. Rosa avanza deprisa hacia la puerta, sin disimular la ansiedad que tiene por abrirla. Un enorme suspiro se escapa de sus labios entreabiertos cuando mira fijamente a los ojos del hombre que aguarda al otro lado del umbral, con un ramo de flores en sus manos y un nerviosismo más que evidente. Las primeras lágrimas hacen acto de presencia en los ojos de ambos mientras Rosa se echa en sus brazos con decisión. Solo unas palabras rompen el silencio de aquel emotivo encuentro:

—Hijo mío, cuánto tiempo.

Publicado la semana 83. 05/08/2018
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