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Ana Centellas

Hora bruja

En la penumbra de mi solitario salón solo se puede apreciar el centelleo que las imágenes extraviadas de la televisión proyectan sobre las paredes vacías de ornamentos. El silencio llena cada rincón mientras mi cuerpo se adormece sobre el viejo sillón de polipiel comprado de segunda mano hace ya al menos una década. Solo el tictac del antiguo reloj de pared marca el discontinuo avance de un tiempo que desearía duplicase su velocidad para hacer más llevadera esta interminable espera diaria. Solo él se atreve a romper el denso silencio que me envuelve cada noche, después de mi frugal cena regada con cerveza barata, hasta que llega el momento tan deseado por mí, hasta que llega, al fin, la hora bruja.

La pequeña campanilla del reloj comienza a hacer sonar las horas y un escalofrío recorre mi cuerpo. Me incorporo como si se activase un resorte en mi interior que me hiciera pasar del estado de letargo al de máxima alerta en tan solo una décima de segundo. Tomo el mando a distancia del televisor y, tras pulsar un botón, la oscuridad es absoluta en mi salón y el pesado silencio solo es interrumpido por el sonido casi estridente de la campanilla en mis ensordecidos oídos. Cruzo el salón en completa oscuridad guiándome por un sexto sentido que hace que no dé ni tan siquiera un único paso en falso. Saco un botellín de cerveza de la nevera y me dirijo a mi habitación con paso pausado, pero con inquietud.

Ya en mi habitación, también en absoluta oscuridad, abro la ventana. Se trata de un ritual que tiene lugar cada noche desde hace ya más de un año, ya sea invierno o verano. En este mes de noviembre, una bofetada de aire frío me azota el rostro en cuanto me asomo al alféizar. No importa, el momento merece la pena, siempre la ha merecido. Subo mis piernas y recuesto el tronco contra el murete de la ventana, mientras sostengo la cerveza con una mano trémula. Enciendo un cigarrillo aderezado con condimentos especiales de otras tierras nunca visitadas y me dispongo a esperar a que dé comienzo el maravilloso espectáculo que está a punto de desarrollarse delante de mí.

Tras la primera calada, una densa nube de humo se eleva sobre mi cabeza, se condensa en el aire y permanece durante un instante obnubilándome, para después dirigirse hacia su ventana. En ese instante, tras los cristales se enciende una tenue luz, suficiente para que pueda contemplar a mi antojo la estancia. Una silueta se perfila tras los delicados visillos que cubren la ventana, tan livianos que no logran impedir la visión de lo que acontece en el interior del cuarto. Doy una nueva calada a mi cigarrillo, ya excitado ante la expectativa, seguida de un gran sorbo al botellín de cerveza que, al contacto con el frío de la noche, parece haberse enfriado aún más. Me recorre un escalofrío.

Como si fuese una maravillosa aparición nocturna la veo. Como cada noche, cumple su ritual frente a la ventana sin que yo pierda el más mínimo detalle. Entorno los ojos para ajustar aún más mi visión y me dispongo a contemplar el espectáculo. Unos dedos finos y alargados comienzan a desabotonar con lentitud una preciosa camisa de seda en un elegante tono beige. Los mismos dedos, acompañados de unas delicadas manos, hacen que la misma camisa descienda sobre los hombros, deslizándose por unos brazos largos y delgados, hasta caer al suelo. Acompaño con otra calada a mi cigarrillo la visión que se proyecta ante mí de unos exquisitos pechos cubiertos por un sensual sujetador de encaje blanco.

Las mismas manos se dirigen hacia la espalda, para disponerse a desabrochar la cremallera de una elegante falda lápiz de color negro, que cae con suavidad hasta el suelo, reuniéndose con la blusa. Da comienzo el tan ansiado efecto narcótico de mi cigarrillo y, por un momento, esas manos están deslizando también mis pantalones vaqueros hacia el suelo. Se recrean unos momentos que yo desearía no acabasen nunca en acariciar la piel de ese cuerpo de curvas marcadas que tanto deseo cada noche. Regresan a su posición en la espalda, desajustando con un único movimiento el sostén que me privaba de tan deliciosos pechos. Cae al suelo y estos caen también en un bamboleo ante mí, con los pezones erectos apuntando en mi dirección. Saboreo de nuevo la cerveza como si la estuviera saboreando a ella.

El objeto de mi deseo se gira, me da la espalda. Se agacha para deshacerse del tanga de encaje blanco, que hace conjunto con el sujetador, y creo morir. A estas alturas, tras una nueva calada, ya puedo sentirla junto a mí, acariciándome, besándome, tumbándose a mi lado en mi cama. Pero ella continúa allí, tras la ventana, desnuda por completo y lejana. La veo acercarse. Descorre los visillos ofreciéndome una visión mucho más nítida de su cuerpo desnudo y me mira. A pesar de la distancia, puedo sentir esa mirada quemándome en los ojos, incendiando mi cuerpo entero.

Me lanza un beso, como cada noche. Un beso que viaja a través del frío aire nocturno, que sube a lomos de las densas volutas de humo de mi cigarro y llega hasta mis labios convertido en fuego. Creo derretirme en el instante. Le devuelvo el beso por el mismo medio y ella desaparece de mi vista. La luz del cuarto se apaga. El sueño ha terminado.

Me tumbo sobre mi cama reviviendo cada mágico instante vivido una noche más. Hasta mis oídos llega el tictac del reloj del salón, que vuelve a marcar el lento y agonizante paso de los segundos y yo solo deseo que duplique su velocidad para hacer más llevadera otra interminable espera. Hasta la noche siguiente. Hasta la próxima hora bruja.

Publicado la semana 82. 23/08/2018
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