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Ana Centellas

La muñeca

Encontró la muñeca en una tienda de antigüedades del centro histórico de la ciudad. Se trataba de una de esas tiendas que vierten un regusto amargo en cuanto atraviesas la puerta, meciéndote en un vaivén de épocas pasadas e historias vividas. Aunque el reclamo principal del anticuario eran los muebles, desde sillones victorianos hasta cabeceros de forja de los años cuarenta, en su interior podías hallar un sinfín de elementos decorativos, apilados en estanterías y cuyo mayor valor era la gruesa capa de polvo que les cubría. Una tenue luz iluminaba el local, lo que le confería una atmósfera que se podía considerar tanto tétrica como mágica. Tras el viejo mostrador de madera, un anciano que debía de tener más edad que cualquiera de las antiguallas allí recogidas hacía las veces de tendero. Hubiera apostado casi con total seguridad a que estaba podrido de dinero con aquel negocio, sin duda familiar, que habría heredado de su tatarabuelo. Y sin embargo, allí estaba, malgastando su tiempo en aquel antro ante la falta de una oportunidad mejor que se le presentase o familia que le esperase en casa.

Ella caminaba por las céntricas y concurridas callejuelas en un estado de abatimiento crítico. Podría decirse que estaba atravesando una mala racha o al menos esperaba que así fuera, solo una mala racha, una época de su vida que algún día recordaría sin pena ni dolor. En el aspecto económico no le iba demasiado mal, así como en el sentimental, pero en el laboral la cosa cambiaba de tercio. Lo cierto era que su superior inmediata se estaba encargando en persona de dificultarle la vida al máximo, lo que provocaba que sus niveles de ansiedad y decaimiento estuviesen alcanzando ya cotas alarmantes para su salud.

Caminaba por la estrecha calle en la que se encontraba la tienda de antigüedades, sin un rumbo fijo y sin elevar el rostro, en un intento por esconder las lágrimas que desde hacía rato se vertían sobre su tez. Nada más sobrepasar el escaparate de la tienda, algo la hizo detenerse. Lo hizo, extrañada, y giró su cabeza en busca de aquello que había provocado esa sensación tan inquietante. Se fijó en la tienda, con su pequeña puerta de madera casi desvencijada a un nivel inferior al de la propia acera, con dos pequeños escalones desportillados por los que acceder. No comprendía bien qué estaba sucediendo, pero el impulso de adentrarse en aquel mundo paralelo era irrefrenable. Sin cavilar demasiado, se dirigió al interior.

La rancia bofetada que le sacudió al entrar hizo que desaparecieran las lágrimas de inmediato. Un menudo anciano de edad imprecisa la saludó desde una mecedora de latón. Correspondió al saludo y se dejó guiar por su instinto.

Este la condujo hacia uno de los sucios estantes repleto de todo tipo de cachivaches, al fondo del establecimiento. Aún no se encontraba ni a dos metros de distancia cuando la vio. Sobre el segundo estante, apilada sobre otras, estaba la muñeca. Era ella. Hubiese reconocido esa cara entre un millón que le hubieran presentado. El mismo tono de piel, la misma melena lacia, los mismos ojos rasgados... Tenía que hacerse con ella costase lo que costase. Por fortuna, el anciano no se aprovechó de su necesidad cuando la vio acercarse con un brillo extraño en los ojos, mientras sujetaba por el cuello a aquella vieja muñeca de trapo. No podía decir que fuese una ganga, pero el precio no le pareció desorbitado. Hubiese pagado mucho más con tal de llevarla consigo. De hecho, aquella muñeca, para ella, no tenía precio.

Salió del establecimiento con una mirada diabólica y una exultante sonrisa en los labios, como hacía demasiado tiempo que no mostraba. En su imaginación ya se estaba viendo disfrutar de los efectos cuando acudiese con ella el día siguiente a la oficina.

Dentro de la tienda, el anciano sin nombre ni edad sonrió satisfecho y se dispuso a colgar el cartel de «cerrado» que colgaba de la puerta de aquel local en ruinas desde hacía más de veinte años.

Publicado la semana 80. 11/07/2018
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