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Ana Centellas

En proceso de olvido

Olvidé tus besos, tus caricias. Quedaron relegados a un recóndito rincón del desván de la vida, entre los viejos álbumes de fotografías añejas y los vestidos de baile de la abuela. Con el tiempo, se fueron cubriendo de una gruesa capa de polvo que me causaba la misma sensibilidad lacrimal que mis crisis de alergia a los recuerdos baratos. El propio tiempo fue el encargado de arrojarlos al retrete del olvido, condenados a desaparecer por las cañerías oxidadas de la desesperación en soledad.

Intenté rescatarlos, lo prometo. Nadie sabrá nunca a ciencia cierta los esfuerzos que realicé para sacarlos de la espiral destructiva del agua girando en el sentido de las agujas de un reloj que se obsesionó por marcar un tiempo más rápido del que correspondía. Las horas se volvieron minutos; los minutos, segundos. Y en mi titánico esfuerzo por rescatarlos me dejé escurrir por el agotamiento, igual que se deslizaba el agua de mis recuerdos hasta perderse por el desagüe de la auto compasión.

Exhausta, sudorosa, enloquecida, comprendí. Entendí al fin que no podría lograr jamás retener aquello que se marchó para siempre, que se fugó de la prisión de mi locura a la mínima bajada de guardia desde mi garita oscurecida por las noches vacías. Y, por un instante, quise morir, lo reconozco. Quise perderme por las mismas cañerías que llevaron tus recuerdos hasta el mar de los silencios. Quise volver a desaparecer entre la marea cálida de tus caricias en la penumbra de mis tardes de asueto, entre la saliva caliente y trasnochada de tus besos, entre la vitalidad resucitada que cobraba vida sin sentido entre tus piernas.

Solo fue un instante, hasta que logré ver desaparecer la última vuelta acuática que arrastraba con su fuerza centrífuga el ulterior de los recuerdos desempolvados con rabia. Las inquietantes ráfagas de un alivio deseado desde hacía años invadieron mi anterior instante de alienación, dejando solo un cuerpo inerme que flotaba sin dolor en breves lagunas en las que solo existía la nada.

Así fue, un proceso aletargado durante años que se resolvió en tan solo unos minutos malgastados en el cuarto de baño. Y, por fin, olvidé. Olvidé tus besos, tus caricias, tus palabras al oído, aquellos recuerdos que envejecieron con vil crueldad en el desván donde escondía los sueños rotos. Y, por fin, te olvidé.

Publicado la semana 79. 08/07/2018
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