26
Ana Centellas

El último minuto

Grandes gotas de sudor le cubrían la frente, se deslizaban sobre su nariz y mejillas, y le nublaban la visión al agolparse sobre sus pestañas. En algunos momentos creyó que incluso podría llegar a desvanecerse. El calor era demasiado intenso y la presión que sostenía sobre sí mismo en aquellos instantes era excesiva. Con un gesto brusco, sacudiendo la cabeza hacia los lados, David intentó espantar el malestar, y de paso sus temores, para que nadie notase nada. Elevó el semblante en una única muestra de orgullo.

Habían sido noventa y tres minutos de juego intenso. Todos los esfuerzos que había realizado el equipo resultaron nulos ante la estrategia del rival y bien podían darse por satisfechos por la buena defensa que habían realizado, protegiéndose de él en todo momento, y que había dado como resultado la llegada al tiempo de descuento marcado por el árbitro sin que el contrario hubiese podido encajarles ningún gol. Pero para David aquello no era suficiente, era el capitán del equipo y cargaba sobre sus hombros la responsabilidad de llevar una victoria a casa.

Los últimos tres minutos le habían resultado eternos y no sabía si dar las gracias por ello o sumirse en la desesperación. Su equipo lo estaba dando todo y el contrario parecía haberse resignado por completo al indiferente resultado. A punto estaba de comenzar el minuto cuatro del tiempo de descuento cuando una falta no muy bien intencionada del rival en el último intento que había realizado su equipo por aproximarse a puerta les había proporcionado la oportunidad de lanzar un penalti.

Allí estaba David, situado frente a la portería contraria con el balón a sus pies. Todo el estadio permanecía en un denso silencio, a la expectativa de lo que estaba a punto de ocurrir. Los segundos del último minuto parecían querer escaparse del reloj, latiendo en las sienes del capitán como si tuviese las manecillas dentro de su propia cabeza. El corazón le golpeaba con fuerza al mismo ritmo, sincronizado con aquel reloj interno que pulsaba por dar por terminado un partido que no podía finalizar con aquel resultado.

Sin querer perder ni un segundo más ni permitirse más tiempo para pensar, tomó impulso y golpeó con fuerza el balón con su pierna izquierda, al tiempo que cerraba los ojos para dejarse llevar por la adrenalina que corría con fuerza por sus venas en aquellos instantes. El tiempo pareció detenerse, las primeras voces de la afición le llegaban con retardo y amortiguadas por una suave alfombra de abotargamiento. De pronto, una gran ovación devolvió el sonido al estadio y a David a la realidad.

Abrió tan solo un ojo, lo justo para ver cómo el portero yacía tumbado en el suelo por el ángulo contrario a aquel por el que se había colado el balón. Se dejó caer de rodillas con los ojos cerrados mientras sus compañeros se lanzaban sobre él y las lágrimas se le agolpaban en las pestañas, mezclándose con las espesas gotas de sudor. El sonido del pitido del árbitro marcando el final del partido dos segundos después del tiempo estipulado le llegó amortiguado, esta vez por la avalancha de compañeros que le había caído encima.

David abandonó el terreno de juego con una gran sonrisa, mientras sus pensamientos viajaban por el amplio periodo de tiempo que se puede recorrer en tan solo un minuto.

Publicado la semana 78. 01/07/2018
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
II
Semana
26
Ranking
0 144 0