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Ana Centellas

Cómplices

—Pero, ¿qué has hecho? —gritó mi madre desde la puerta de la cocina, después de escuchar el estrepitoso estruendo hacía apenas unos segundos. No pude evitar fijarme en el tremendo morado que aún lucía en su brazo derecho, como un recuerdo constante de un día cualquiera en nuestra familia. Mi ceño se frunció al momento.

He de reconocer que, cuando mi madre entró en la cocina, la estampa que se encontró era de todo menos tranquilizante. Cientos de pedazos de vidrio habían saltado, esparciéndose por todas direcciones, y todo estaba cubierto de líquido. Y cuando digo todo, quiero decir absolutamente todo. El suelo, la encimera, la pequeña mesita que había en un lateral, las sillas, incluso los muebles mostraban grandes chorretones que aún continuaban descendiendo. La cocina había quedado hecha un completo desastre.

Yo, subida en un taburete y armada con un spray y un paño, suavicé el gesto de inmediato para pasar a poner mi mejor cara de inocencia.

—Lo siento, mamá. Yo solo quería ayudar. Se me había ocurrido que si me ponía a limpiar la cocina, después tú no tendrías que darte una paliza.

—Pues sí que la has hecho buena. Ahora sí que tendremos que darnos una buena paliza. Las dos —puntualizó, mientras enarcaba las cejas y se bajaba las gafas de leer hasta casi la punta de la nariz para enfocarme bien—. Pero, ¿cómo demonios te las has apañado para liar este estropicio?

Durante unos segundos me sentí tentada a contarle la verdad, pero preferí seguir manteniéndola en su inocencia de pensar que yo aún mantenía la mía. Al fin y al cabo, aquel armario era el primero de uno de los laterales, por lo que la historia podría resultar perfectamente creíble.

—Verás, había pensado empezar por este armario de la parte de arriba y continuar hacia allí. Lo he encontrado lleno de botellas y, al coger la primera para vaciarlo y poder limpiar, se me escurrió de las manos, con la mala suerte de que tiró la siguiente y... Y este ha sido el resultado —dije, mordiéndome el labio inferior para demostrar una inocencia que no tenía, mientras rezaba para que mi madre no consiguiese averiguar que estaba mintiendo. Nunca supe cómo lo hacía, pero me pillaba en todas las mentiras. Por suerte, parece que aquella tarde la fortuna estaba de mi parte, debía de estar medio adormilada durante su lectura habitual y no se encontraba en pleno uso de sus facultades, eso estaba claro. Ni siquiera se le ocurrió preguntar cómo habían caído las botellas que estaban al fondo del armario.

Nos llevó cerca de dos horas dejar la cocina en condiciones medio decentes, pero lo cierto es que fue un tiempo muy bien aprovechado. Hacía demasiado tiempo que mi madre y yo no nos dedicábamos ni siquiera unos tristes minutos a hablar. Aquella sesión de dos horas me pareció maravillosa, hubo charla, hubo risas, hubo compenetración. Ninguna de las dos mencionó el tema tabú, por supuesto, aunque yo creo que ambas lo teníamos bien presente. Ella, deseosa de contar. Yo, deseosa de ayudar, pero con la conciencia un poco más tranquila después de haber aportado mi pequeño grano de arena.

Terminamos la tarde de manera tranquila frente a unos cafés y unos deliciosos pedazos de bizcocho. Comenzamos a preparar juntas la cena, hasta que la tensión entró por la puerta en el mismo momento en que mi padre introdujo su llave en la cerradura. El silencio reinó de pronto en aquel espacio que hacía una hora se había llenado de risas. Él entró directamente en la cocina, saludando con un gruñido, como venía siendo habitual. A mí me dio una suave colleja como mayor muestra de cariño, a mi madre no le dirigió ni una simple palabra.

Se dirigió como un poseso al armario donde siempre guardaba esas cantidades ingentes de su dosis diaria de furia y rabia. Lo encontró vacío y sus hombros se desplomaron de golpe. Por un momento, casi sentí lástima de él. Casi. Hasta que empezó a gritar como un loco, destrozó contra el suelo una de las sillas de la cocina y fue a encerrarse a su habitación. Ni siquiera cenó. Nos dio igual. Al menos no habría puños aquella noche.

Ya casi de madrugada, mi madre hizo algo que hacía muchísimos años que no hacía, desde que entré en aquella rebelde adolescencia y mostré mi cara reacia a cualquier muestra de cariño. Aquella noche, después de casi diez años, llamó con suavidad a mi puerta y entró en mi habitación. Se sentó sobre el borde de mi cama, en la que yo estaba recostada repasando unos apuntes, y me dio un cálido beso en la mejilla.

—Hasta mañana, cariño. Que descanses.

Su voz sonaba cansada, no por aquel día ni por aquella tarde de trabajo exhaustivo en la cocina, sino por el peso de tantos días iguales acumulados en su espalda. Respondí a su beso dándole otro de igual manera.

—Hasta mañana, mamá. Descansa tú, que lo necesitas más que yo.

Mamá se levantó de mi cama y se dirigió hacia la puerta del cuarto. Antes de cerrarla, con un guiño de ojos, me susurró en tono bajito y cómplice, «gracias» y, sin más, salió de la habitación cerrando la puerta tras de sí.

Publicado la semana 76. 11/06/2018
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