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Ana Centellas

El ascensor

El ascensor era estrecho, una de esas pequeñas cabinas de madera antiquísimas que debía llevar en aquel edificio más de cien años. Se trataba de uno de esos grandes edificios señoriales del centro de Madrid, con un enorme portal y una escalinata de mármol que giraba sobre sí misma hacia arriba. Los techos eran tan altos que daba vértigo incluso con mirarlos y estaban adornados con intrincados tallados de escayola blanca, impoluta a pesar de la altura.

En aquel edificio se encontraba el notario que debía visitar, una de esas notarías antiguas de grandes salones con sillones tapizados al más puro estilo rococó. Había quedado allí con mi ex marido para terminar de despachar unas diligencias que pusieran de una vez un punto y final a nuestro decadente matrimonio. Me había causado tanta inquietud aquel supuestamente último encuentro que, como venía siendo habitual en mí cuando algo me ponía de los nervios, llegaba con un retraso de algo más de quince minutos.

Sofocada y a la carrera, llegué justo a tiempo de tomar el ascensor antes de que partiera hacia los pisos superiores, en aquel tétrico hueco donde se podían ver todos los cables y la maquinaria. En su interior, un hombre había pulsado ya el botón de subida. La apertura precipitada de la puerta de forja que recubría el aparato hizo que no se pusiese en marcha. Me adentré en él con prisa, pidiendo disculpas antes siquiera de mirar quién era el individuo en cuestión, con la cabeza baja mientras intentaba arreglar sin ningún disimulo mi falda.

Al levantar la mirada, encontré a escasos centímetros de mí a mi ex marido, impecablemente vestido con uno de esos trajes que le sentaban tan bien. Era tan escaso el espacio que teníamos para separar nuestros cuerpos que el roce casual era prácticamente inevitable. Su aroma me llegaba a trompicones con mi respiración agitada y, por momentos, casi jadeante.

Nos quedamos por un instante paralizados, sin saber exactamente cómo comportarnos. La situación no era incómoda, pero mi estado de agitación la convertía en algo peligroso. Vi en sus ojos cómo estallaba la chispa que siempre nos había unido y su mirada se transformó en puro deseo. Ese único matiz fue más que suficiente para que en ese mismo instante mis bragas terminaran empapadas por completo. Ahora los dos teníamos la respiración agitada y a tan solo un par de centímetros de distancia. Tuve la osadía de acercarme más a él, aprovechando un ligero balanceo del ascensor, y de esta manera pude constatar que su deseo era más que evidente en cierto punto de su anatomía.

El tiempo se detuvo. En esos breves minutos volvimos a ser los de siempre, los apasionados amantes que un día dejamos de ser. Nos fundimos en un intenso beso justo en el instante en que el ascensor efectuaba diligente su parada en el piso al que ambos nos dirigíamos. Sin dejar de besarnos, él pulsó el botón de bajada.

Salimos de aquel edificio juntos, abrazados y excitados como hacía mucho tiempo que no lo estábamos, rumbo a la que todavía era nuestra casa. Una casa a la que, por un breve encuentro casual, había regresado la pasión.

Publicado la semana 75. 06/06/2018
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