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Ana Centellas

No tengo tiempo

Ya ha pasado el tiempo suficiente desde el final de nuestra historia como para que haya aprendido a darme cuenta de qué es en verdad lo que necesito. De hecho, han pasado años. Unos años que quizá hayan pasado con mayor rapidez de la esperada o puede que sea que, simplemente, al echar la vista atrás, se me hayan hecho excesivamente cortos. En cualquiera de los casos, el tiempo ha pasado, para bien o para mal, para los dos.

Llegaste como un tsunami, con una furia tranquila que me fue engullendo poco a poco sin que apenas tuviese conciencia de ello. Arremetiste con fuerza contra mi apacible vida y yo, indefensa, asustada, cobarde, no pude hacer nada más que dejarme envolver por tus olas, que ponían patas arriba mi mundo para luego, con la resaca, llevarse con ellas a cada momento un pedacito más de mí. Me quedaba hundida en la arena, vapuleada y empapada por un mar de lágrimas que venían inevitablemente a mezclarse con la fuerza de tus olas, arrastradas por la corriente.

Como un animal lastimado, esperaba cada día la llegada del tsunami que me volviese a revolcar, haciendo más profundas las heridas abiertas a base de golpes de arena y conchas rotas. Pero, en su lugar, llegaba un terremoto aún más voraz, que sacudía mis entrañas horadadas por las piedras que me lanzabas sin darme tiempo a construir con ellas un muro que me protegiese de ti.

Yo regresaba a tu lado, aterida, atenazada por el pánico, y entonces me cuidabas, me lamías las heridas provocadas con tu fuerza ciclónica. Confiada, me dejaba cuidar creyendo que lo que estaba viviendo era cierto, tan ciega, que no era capaz de darme cuenta de que no hacía más que encontrarme en el ojo del huracán.

Quizá fue mi culpa no haber puesto un punto y final a tiempo a aquella historia catastrófica. Solo puse tierra de por medio, con la esperanza de que, en la lejanía, pudiese recomponerme y levantarme fortalecida para afrontar tus embates convertida en una ciclogénesis explosiva. Una prueba más de mi ridícula ingenuidad.

Ahora quieres que vuelva a ti. Quieres que regrese para continuar en el punto en que lo dejamos. Y yo me siento impotente para evitarlo, carente de fuerzas, sin ganas de continuar con una lucha absurda en la que los elementos siempre tendrán las de ganar frente a esta simple humana envilecida, guerrera venida a menos por las injusticias de las batallas libradas.

Quieres que vuelva a ti y ya, aun en la distancia, sufro las consecuencias de tu marejada. Podría regresar y luchar contigo. Luchar hasta la extenuación en una batalla que de antemano ya sé que estará perdida. Podría. A veces, incluso, me gustaría. Pero, ¿sabes qué? No tengo tiempo.

Publicado la semana 74. 31/05/2018
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