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Ana Centellas

Llamadas telefónicas

El teléfono sonó en el medio de la noche, con un estruendo alarmante y un eco que se propagó a todos los rincones de la casa dormida. Sara despertó con el corazón latiendo a mil por hora dentro de su pecho. Solo le hicieron falta un par de segundos para advertir que Manuel no estaba junto a ella en la cama y echar un vistazo rápido al reloj que reposaba en la mesilla, que le confirmaba que a aquellas horas ya debería estar durmiendo a su lado. Durante unos instantes, el oxígeno de la habitación se ralentizó, creando una atmósfera pesada y viciada que le dificultaba la respiración. Sus oídos se colapsaron ante aquella situación, de manera que durante ese breve lapso de tiempo ni siquiera fue capaz de escuchar nada.

El sonido de la puerta de su habitación abriéndose de forma abrupta la sacó del estado letárgico a que había sucumbido su cuerpo, justo cuando vio a entrar a Mireia y a Oliver, sus dos pequeños, que llegaban corriendo con sus caritas asustadas para lanzarse en su cama, interrogantes. El oxígeno volvió a ascender de golpe por sus fosas nasales, recuperando la respiración y la consciencia, y el sonido atronador del teléfono volvió a sacudir con fuerza en sus tímpanos.

Alargó una mano trémula para descolgarlo. Su tez estaba tan pálida como si acabase de ver un fantasma. Los dedos temblaban cuando, al fin, logró tomar el teléfono entre sus manos y contestar la llamada, bajo la atenta mirada de sus dos pequeños.

—Tranquila, preciosa, estoy bien. Siento haberte despertado. Verás, se han complicado un poco las cosas en una intervención y ha caído un compañero. Tenemos que reforzar con todos los efectivos disponibles —la voz de Manuel sonaba distendida al otro extremo de la línea telefónica.

El rostro de Sara se relajó de inmediato.

—¡Menudo susto me has dado, cabronazo! Hasta los niños han venido a ver qué pasaba. Vale, ten cuidado. Te quiero —fue la respuesta de Sara al escuchar la voz de Manuel al otro lado de la línea.

—Yo también te quiero, mi vida. —respondió Manuel, y colgó la llamada.

Sara quedó intranquila en la cama. Devolvió a los niños a sus habitaciones y se dirigió a la cocina para prepararse una infusión. Maldito Manuel, entre todas las profesiones que había tenía que haber elegido precisamente aquella. Y mira que se lo había dicho, pero él nada, que era su ilusión, decía. Durante los primeros meses había mantenido su alma en vilo cada noche, pero con el tiempo se había ido adaptando a la situación. Lo ocurrido aquella noche le había devuelto de golpe todos sus temores iniciales.

Tras tomarse la infusión y fumarse un cigarrillo, regresó a la cama, cansada. En cierto modo, la llamada de Manuel la había dejado despreocupada después del tremendo susto que se había llevado. Aún faltaban tres horas para tener que levantarse y preparar a los niños para ir al colegio y, para entonces, Manuel seguro que ya estaba con ellos, como siempre, con una enorme sonrisa para sus niños aunque llevase durmiendo una hora escasa.

Sin embargo, cuando Sara se despertó no había ni rastro de Manuel en la cama. Habría llegado demasiado cansado y se habría quedado vestido en el sillón, no sería la primera vez que ocurría aquello. Pero no, en el sillón no estaba ni en ningún otro lugar de la casa. Sara, ya despreocupada, levantó a los niños, los vistió y les preparó el desayuno. Estaba arreglándose ella, tarareando una canción, cuando sonó de nuevo el teléfono. Ya con la tranquilidad que otorgan las llamadas a la luz del día, imaginó que sería de nuevo Manuel, para decirle que llegaría tarde a llevar a los niños, pero que le esperase para desayunar. Descolgó el teléfono con alegría, convencida de que sería él.

—A ver, señor policía, ¿a qué hora piensa usted llegar a casa hoy? Los niños te están esperando… y yo también —contestó Sara en tono jocoso y meloso a la vez.

Su rostro palideció cuando una voz extraña al otro lado de la línea le preguntó, con tono de circunstancias:

—¿Es usted la esposa del capitán Manuel Verdejo? —Sara se limitó a mover la cabeza en gestos afirmativos, sin darse cuenta de que a través del teléfono no la podrían ver.

No hacía falta que le dijesen más. Había visto a demasiadas amigas pasar por ese trance, lo sabía de memoria. Cayó al suelo arrodillada, en estado de shock, sin percatarse de la persona que había al otro lado de la línea telefónica seguía intentado ponerse en contacto con ella.

Dos días después, Sara y sus dos pequeños salían del cementerio con una preciosa cruz a los méritos que, a título póstumo, había hecho entrega el cuerpo de Policía Nacional al que hasta hacía dos días había sido su marido. A la salida del camposanto, una familia sin posibles pedía un poco de ayuda para alimentarse. Sin mediar palabra, Sara les tendió la valiosa cruz. Al menos podría contribuir a salvar alguna vida a cambio de la de su marido.

Publicado la semana 73. 24/05/2018
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