Semana
71
Ana Centellas

No pierdas el avión

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Relato
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Elsa abrió su correo electrónico en la tablet, mientras esperaba al autobús que la llevaría a su lugar de trabajo, como cada mañana. Esperaba encontrar las decenas de correos spam que recibía a diario y a punto estaba de eliminar todos, cuando se sorprendió al encontrar entre ellos uno de Fran. Su mirada se perdió, soñadora, entre los tenues rayos de sol que aquella mañana se atrevían a desafiar los cielos siempre nublados de aquella ciudad que la había acogido. Seis meses, seis duros y largos meses llevaba allí, entre desconocidos que hablaban un idioma tan diferente al suyo. Seis meses en los que, por fin, había conseguido adaptarse al ritmo de vida tan frío y distante de aquella ciudad. Y, ahora, precisamente ahora, reaparecía Fran.

Sentada sobre el pequeño banco de la marquesina de autobús rememoró aquel día, su último día. Fran nunca llegó a comprender el motivo por el que ella se alejaba, por qué no quería dejar escapar aquella oportunidad de oro que se le ofrecía en la distancia, mientras que en su propio país veía como se le iban cerrando puertas, una detrás de otra. Ella, emotiva, se deshacía en abrazos con sus padres y hermanos, que la habían acompañado al aeropuerto para desearle suerte en su nueva andadura. Mientras, Fran, consumido por la rabia, se mantenía en un discreto segundo plano y solo le ofreció un escueto beso en los labios por toda despedida. Una despedida que, según él, ponía el punto y final a sus más de seis años de relación.

Desde aquel día, nada. El mutismo más absoluto se había apoderado del hombre que hasta entonces había considerado como el que compartiría su vida hasta sus últimos días. Ni una llamada, ni un mensaje, ni siquiera un tímido apoyo en la distancia, nada. Ella, por orgullo o por cobardía, vencía todas las tentaciones de llamarle enjugando sus lágrimas en el cojín que había adoptado como favorito en aquella casa extraña. Poco a poco, se había ido acostumbrando a su falta, al clima poco soleado del lugar, a los hábitos de aquella gente. Había logrado trabar amistades, disfrutaba de su trabajo, comenzaba a ser feliz.

Dejó pasar el autobús que estaba esperando mientras volvía la vista a aquel mensaje que le estaba quemando entre las manos. Se sintió tentada de no abrirlo, de enviarlo con solo una pulsación de su índice de manera directa a la papelera. Pero tampoco se atrevía. De pronto, el cercano pasado que ahora se le antojaba tan lejano volvía a llamar a su puerta sin que nadie le hubiese invitado. Sabía que abrir aquel correo sería igual que hurgar en una herida que aún no se había cerrado por completo, que aún estaba pendiente de cicatrizar. De todas formas lo hizo, mientras veía pasar el segundo autobús perdido de la mañana, rindiéndose a la evidencia de que aquel día sería el primero en llegar tarde a su puesto de trabajo. Ya encontraría la manera de justificar su injustificable retraso.

Podía escuchar los latidos de su propio corazón palpitando con fuerza dentro de su pecho mientras pulsaba el correo para abrirlo. Un par de líneas escuetas y un archivo adjunto, ese era todo el contenido de aquel mensaje que le abrasaba entre las manos. Decidió abrir el archivo antes de leer el mensaje, una vez más por la cobardía que la invadía por el contenido que pudieran tener aquellas dos simples líneas. Un billete de avión, solo de ida, para el sábado por la mañana, apenas un par de días después. En aquel billete, su nombre.

Extrañada, se resolvió a leer cuanto antes el mensaje:

«Aquí van mis ahorros de los últimos meses.

No contestes, no preguntes, solo te quiero pedir una cosa. Por favor, no pierdas el avión».

Faltaban pocos minutos para las doce de la mañana cuando Fran llegó al aeropuerto, media hora antes de que llegase el vuelo que tanto tiempo había estado esperando. Entre sus manos, un precioso ramo de flores que a cada segundo que pasaba se le hacía más pesado. De pie, frente a la puerta de llegadas, no perdía de vista las pantallas que anunciaban los próximos vuelos en aterrizar. Por aquellas puertas, un goteo continuo de personas que llegaban, con prisas unas, con alegría otras, que se lanzaban a los brazos de los amigos y familiares que, como él, estaban esperando.

Cuando comprobó que el vuelo que esperaba ya había aterrizado, una súbita ansiedad se apoderó de él. Hasta aquel momento no había contemplado la posibilidad de que Elsa no saliese por aquellas puertas. Había visibilizado el momento en su mente en decenas de ocasiones y, ahora, le recomían las dudas. Diez, quince minutos de espera. Los pasajeros iban saliendo como con cuentagotas y Fran no podía evitar el gesto reflejo de cargar el peso sobre un pie para, inmediatamente, cambiarlo al otro. Media hora de espera. Comenzó a sentir cómo el oxígeno que llegaba a sus pulmones era cada vez más escaso. «Tranquilo», se repetía en su mente, «ella vendrá».

No perdió la esperanza hasta que no hubieron pasado dos horas desde que el avión había tomado tierra. Pasajeros de otros vuelos iban apareciendo ya por aquella puerta. Le quemaban en los oídos los saludos, los gritos, la emoción, la alegría de las personas a su lado. No se permitió derramar ni una sola lágrima, bastantes habían salido ya de sus ojos en la soledad de su casa. En un último gesto de resignación, entregó su ramo de flores a una señora que llevaba unos minutos a su lado hablando sin parar de su hija, que llegaba en el avión de las 14:30. Salió del aeropuerto sin pronunciar una sola palabra, pesaroso, con la mirada enfocada en las puntas de sus zapatillas de lona.

En aquel mismo instante, a miles de kilómetros de distancia, Elsa secaba la última lágrima que aún rodaba por su mejilla tras varias horas de llanto abrazada a sus rodillas en la intimidad de su habitación, mientras la música de sus compañeros de piso, que disfrutaban del sábado, sonaba a alto volumen y traspasaba los finos tabiques hasta llegar al ella. El último acorde puso el punto de sutura final en aquella herida que hacía tan solo dos días se había reabierto de nuevo. Abrió la puerta de su habitación y se dispuso a retomar las riendas de su nueva vida.

Publicado la semana 71. 13/05/2018
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