Semana
69
Ana Centellas

Yo te escribía cartas

Género
Relato
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Un día cualquiera de mi juventud, sin saber a ciencia cierta el porqué, comencé a escribir. Me gustaba ese momento de paz y sosiego que me confería el deslizar mis bolígrafos por el papel. Escribía sobre cualquier cosa que me pasara por la mente, cuentos, poemas, relatos, incluso llevaba un diario en el que anotaba todos mis sentimientos. Siempre supe que no sería una buena escritora, pero aquellos textos, aquellas pequeñas confesiones tan íntimas, que solo leía yo misma, pasaron a ser una parte fundamental de mí, hasta el punto de que el día no me parecía completo si no había dedicado al menos unos minutos a la escritura.

Un día de principios de septiembre marcó un antes y un después en mis escritos. Recuerdo a la perfección aquel día, cuando comenzaron las clases en el instituto y tú, aquel nuevo alumno tan misterioso, te colaste en mi clase y en mi corazón al mismo tiempo. Siendo consciente de mi timidez, intrínseca en mi personalidad desde mi más tierna infancia, supe de inmediato que nunca tendría una oportunidad de compartir tiempo contigo, más que nada porque jamás me atrevería a acercarme e iniciar una conversación.

Aquel día fue cuando te escribí la primera carta. Dejé de lado las historias de fantasía, los estúpidos poemas de amor, mi diario de sentimientos. A partir de entonces, fueron largas horas a diario expresando en las cartas que te escribía todas las sensaciones y sentimientos que nacían hacia ti en mi interior. En aquellas cartas podía decirte con total libertad todo aquello que nunca me atrevería a decirte en persona. Me sentía bien escribiéndote. Para mí aquello era equiparable a una conversación contigo tomando un café o una cerveza. Tenía que serlo, de lo contrario no sé qué habría sido de mi personalidad. Probablemente hubiese pasado de ser una joven tímida con un grupo muy reducido de amistades a ser una joven tímida y amargada que no se habría relacionado con nadie más, hundida en la consciencia de saberme tan cobarde como para no ser capaz de arriesgarme a decirte un simple «hola».

Llegó un momento en que mi necesidad de escribirte superó el límite de las largas tardes encerrada en mi casa. Necesitaba, como si de una droga dura se tratase, escribirte en cada momento las palabras que desearía estuviesen saliendo de mi boca en lugar de mi tímido silencio. Comencé a llevar conmigo todas esas cartas que te iba escribiendo, en cierta manera también por el temor a que en mi casa las descubrieran, pero, sobre todo, para poder continuarlas delante de ti.

Me conformaba con eso, sí. Casi llegué a creerme aquella relación que yo misma había forjado contigo en aquellas hojas de papel. La carpeta que siempre me acompañaba a clase aumentaba su grosor al mismo ritmo que mis palabras quedaban atoradas en la garganta, sin llegar a salir nunca al exterior. Hasta que un día ocurrió lo inevitable.

Llegaba tarde a clase tras haberme despistado en el recreo mientras te escribía, sentada en un banco, sola, bajo un viejo roble que me aislaba del calor del ya inminente verano y de las miradas indiscretas del resto de compañeros de clase. Iba corriendo, sin haber llegado a cerrar la carpeta y con el bolígrafo colgando entre mis labios. En el instante en que estaba a punto de cruzar el umbral de nuestra clase, otro compañero salía de ella. Ni siquiera recuerdo si el golpe que nos dimos me dolió, porque estaba pendiente de todas las cartas que te había escrito, que terminaron desparramadas por el suelo. Me apresuré a recogerlas, pero el otro chico, con el que me había chocado, ya tenía varias de ellas entre sus manos y las leía con suma curiosidad.

Sentí cómo un inmenso calor me invadía y fui consciente de que todo mi rostro, orejas incluidas, tendría el color de un gran tomate maduro. Las lágrimas amenazaban con salir a raudales de mis ojos, pero no pensaba consentir humillarme más delante de la clase de lo que ya lo había hecho. Salí corriendo de allí, mientras las risas y murmullos iban en aumento en el interior del aula. Volví a mi solitario banco, dado que no podía salir del recinto y, mientras me abrazaba las rodillas, rompí a llorar con la cabeza alojada entre mis brazos.

Minutos después pude escuchar cómo unos pasos serenos se acercaban a mí. Levanté la vista unos milímetros y te vi, sonriente, con todas mis cartas abrazadas contra tu pecho.

—Son mías —dijiste con orgullo, mientras te sentabas a mi lado, a la vez que me rodeabas con uno de tus fuertes brazos.

Hoy les cuento a nuestros nietos esta historia por enésima vez y ellos sonríen. Si te hubiesen conocido estarían muy orgullosos de ti, de hecho, lo están aun sin haberlo hecho. Doy gracias por tenerlos a mi lado y, en el fondo, sé que ellos hoy están aquí porque yo te escribía cartas.

Publicado la semana 69. 29/04/2018
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