Semana
67
Ana Centellas

Hoy no es mi día, ¿o quizá sí?

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Relato
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Mario ya no daba más de sí. Llevaba demasiado tiempo preparándose para aquel día y ahora veía con desesperación cómo un agotamiento tremendo se apoderaba de él en el momento más inoportuno. Estaba sufriendo lo que, de manera coloquial, llamaban una «pájara». No se lo podía creer, además justo en el día que más necesitaba demostrar su valía.

Era un apasionado de las carreras. Salía a correr a diario, cuando regresaba del trabajo. No importaba la hora que fuese, él necesitaba como mínimo una hora de carrera diaria para poder desconectar y soportar el estrés que la vida cotidiana le proporcionaba. En verano o invierno, con calor o con lluvia, daba igual. Incluso los fines de semana tenía un entrenador personal que le ayudaba a mantenerse en forma, aunque en realidad no lo necesitase. Las carreras le proporcionaban el entrenamiento necesario. Tenía unas piernas fuertes, con el músculo claramente definido, que se tensionaba de una manera espectacular cada vez que corría. Y, gracias a los entrenamientos de los fines de semana, el resto de su cuerpo también era escultural, marcando unos abdominales que causaban la envidia de todos sus compañeros de oficina.

El ejercicio y, sobre todo, la carrera, eran imprescindibles para él, una necesidad innata, pues ya desde niño se había dedicado al atletismo. Era un auténtico portento tanto en duatlón como en triatlón, aunque desde que comenzó a trabajar se había centrado en las carreras, que era el ejercicio que más podía compatibilizar con su extendido y estricto horario laboral. Cualquier maratón que se organizase en su provincia contaba con su presencia asegurada. Y eso le había hecho ganar muchos amigos en aquel mundillo, aunque tampoco le faltaban enemigos, corroídos por la más verde e insana envidia.

Pero aquel día era diferente. Apenas llevaba un mes saliendo con Irene, una muchacha maravillosa que había conocido en una reunión de trabajo, en la que surgió el flechazo para ambos. Irene sabía de la gran pasión de Mario por el running, pero aquella era la primera carrera en la que iba a estar presente. El chico se había propuesto darlo todo para deslumbrar a aquella hermosa chica, que estaría esperándolo en la meta. Su llegada tenía que ser gloriosa, ser el primero o, al menos, estar entre los cinco primeros.

La carrera no era muy complicada, solo diez kilómetros por terreno asfaltado dentro de la ciudad. Un recorrido que apenas le llevaría veinte minutos y que iba a estar premiado por el tan ansiado encuentro con Irene. Sin embargo, algo falló. Sentía fuertes calambres en los muslos y tenía la impresión de que iba a derribarse en cualquier momento. La lluvia también le jugó una mala pasada. Descuidó la previsión meteorológica y, aunque el cielo de la mañana apareció nublado por completo, ni siquiera se le pasó por la cabeza que pudiera llover. Aquella mañana solo había tenido pensamientos para Irene.

El calzado elegido para la carrera no era el adecuado y, de vez en cuando, algún que otro resbalón le hacía perder el ritmo, de manera que acusaba con más fuerza el cansancio. La liviana camiseta que llevaba se pegaba a su cuerpo como si fuese una pesada lapa, cargada con el peso del agua de la lluvia. Era incapaz de discernir incluso si lo que corría por su cara era el agua de la lluvia, gotas de sudor o sus propias lágrimas al presentir el desenlace que tendría aquella carrera tan especial para él.

Tuvo que detenerse en varias ocasiones para tomar una buena bocanada de aire que insuflar a sus pulmones, con los brazos en jarras y la espalda arqueada a causa del cansancio. Mientras, veía cómo el resto de competidores avanzaban posiciones por delante de él. No podía permitirlo así que, haciendo de tripas corazón, y sin rendirse a admitir que aquel no era su día, continuó corriendo a un ritmo muy superior al que sus maltrechas piernas le permitían. Un dolor agudo se instaló en su costado, algo que no le ocurría desde la niñez, como consecuencia del ritmo respiratorio tan alterado que llevaba.

Consultó su reloj, un avanzado artilugio que le indicaba todos los parámetros que necesitaba saber en cada carrera y comprobó, con desilusión, que aún le faltaban dos kilómetros por recorrer y ya había sobrepasado la media hora desde la salida. Sin duda, muchos de sus compañeros habrían llegado a la meta hacía ya algunos minutos, como habría hecho él en condiciones normales. Aun así, no se dio por vencido.

Cuando llegó a meta, asfixiado, dolorido y herido  de gravedad en su autoestima, vio a Irene esperando sola, bajo un precioso paraguas de colores. Apenas quedaba gente en el lugar, se habían dispersado con rapidez a causa de la lluvia. Lo único que pudo hacer fue lanzarse de rodillas al suelo sobre la línea de meta y llorar con angustia.

Levantó la cabeza cuando una mano suave y con un maravilloso aroma a almendras se posó en su rostro. Allí estaba la sonrisa más hermosa del mundo, deseando darle un abrazo.

—No te preocupes, mi amor, quedes en el puesto que quedes, para mí siempre serás un campeón —le decía aquella dulce voz, para pasar a darle un suave beso en los labios.

¿Había escuchado bien? ¿Había dicho «mi amor»? El corazón de Mario se llenó de algarabía, los dolores desaparecieron por completo como por arte de magia, se puso en pie y levantó en brazos a Irene mientras la besaba. Solo quedaban ellos dos, bailando y riendo bajo la lluvia que caía sin descanso sobre el asfalto ya mojado de la ciudad.

Publicado la semana 67. 13/04/2018
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