Semana
66
Ana Centellas

Piromanía

Género
Relato
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Regreso a mi casa pocos minutos antes de que salga el sol. Me ha costado mucho trabajo subir las escaleras, lo reconozco. Tantas noches de excesos me están comenzando a pasar factura. Aún noto los efluvios de la última copa de alcohol que tomé, en compañía de aquella morena tan guapa que estaba empeñada en venir conmigo a casa. Estuve tentado de hacerlo, pero al final conseguí contenerme. Tenía planes mejores para esta noche. Ahora, la adrenalina corre por mis venas a velocidad de vértigo y siento una felicidad comparable a muy pocas cosas en la vida. La euforia que siento en estos momentos es tremenda, aun cuando no haya sido capaz de subir los diez tramos de escalera que separan la calle de mi modesto apartamento siguiendo una línea recta. Vale, quizá mis sentidos se encuentren un poco alterados, pero eso no es óbice para que no sienta el éxtasis en mi cerebro.

Me desplomo sobre el sillón con un cansancio físico más que evidente. Debería dormir algo, pero todavía no es la hora. Necesito algo más de motivación para irme a la cama bien satisfecho. Lanzo sobre la mesa mi paquete de cigarrillos después de haber elegido uno. Con algo de esfuerzo, logro sacar del bolsillo delantero de mis ajustados vaqueros mi pequeño tesoro, un mechero marca Zippo, regalo de mi primera novia allá por mi juventud. Jamás se imaginó que su regalo me iba a reportar tanta gratificación.

Levanto la tapa con una mano ágil y lo prendo haciéndolo deslizar contra el duro algodón de mis pantalones. La llama comienza a arder frente a mi mirada atónita. Me hipnotiza con el calor que desprende, con ese color caramelizado típico de la gasolina ardiendo. Odio los mecheros de gas, que desprenden una llama azulada que no tiene nada que ver con lo que yo considero un buen fuego. La llama oscila ante mí al mismo ritmo que me respiración, alejándose con cada exhalación y volviendo a su posición original cuando inhalo. El cigarrillo cuelga inerte de mi boca, puede esperar, mi necesidad de nicotina no es tanta como la que tengo por observar como flamea el mechero. Si existe el infierno, debe tener este tipo de llamaradas con mil matices de tonalidad carmín. Y bajaría ahora mismo las escaleras que condujesen hasta ese maravilloso averno con la firme intención de morir en él.

Observo durante unos instantes más la atractiva llama que ilumina mi rostro en la penumbra de la habitación y, finalmente, prendo el cigarrillo. Al fin y al cabo, tampoco puedo mantener la llama demasiado tiempo encendida, hay que preservar los recursos. Me contento con observar cómo se enciende el ascua con cada calada, profunda y disfrutada. No es la misma sensación de placer, pero me tengo que conformar. Hace tiempo que decidí no excederme con mis placeres particulares. Sigo fumando hasta que la colilla ardiente toca mi dedo, apurándolo al máximo. Con calma, lo deposito sobre el cenicero de cristal rojo, para que se apague por sí misma.

Extiendo mis piernas sobre la mesa baja que está a los pies del sillón y, con toda la calma del mundo, tomo entre mis manos el mando de la televisión. Pienso paladear todo lo posible este momento, como hago siempre. No sé a ciencia cierta qué es lo que me causa más placer, si el hecho en sí o escuchar las consecuencias después. Voy pasando por los diversos canales con parsimonia, con el volumen muy bajito, no soy un tipo al que le guste molestar a sus vecinos. Cívico y educado, dijeron en una ocasión de mí. Pobres ignorantes.

Detengo mi deambular por los canales, mi paseo nocturno por las variadas imágenes de teletienda, hasta que localizo el canal 24 horas. Podría haberlo hecho directamente, me sé de memoria el canal que lo sintoniza, pero prefiero hacerlo así. Le añade un puntito de sangre fría que me produce incluso escalofríos. Cuando por fin llego a él, sonrío complacido al ver los titulares de última hora. «Incendio en una residencia de ancianos a altas horas de la madrugada. De momento las víctimas ascienden a veinte, aunque los bomberos no descartan que pueda encontrarse alguna más. Se sospecha que pueda haber sido provocado, por lo que la policía ya ha iniciado la correspondiente investigación para encontrar al o a los culpables». «Como si hubiese dejado algún indicio», pienso para mí, ampliando la sonrisa, «los mismos que en los treinta incendios anteriores». En cuanto encuentren carbonizado al anciano que sostiene la garrafa de gasolina y el triste mechero de gas que dejé sobre su mesilla, darán por cerrado el caso. Se cuestionarán cómo pudo hacerse con el material, pero un acceso de locura transitoria lo tiene cualquiera, más incluso un anciano solitario en edad senil.

Apago el televisor y me dispongo a ir hacia mi dormitorio. Ahora sí puedo dormir tranquilo.

Publicado la semana 66. 04/04/2018
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