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Ana Centellas

Ni a mí ni a ninguna

NI A MÍ NI A NINGUNA


El antes impoluto delantal blanco quedó cubierto por completo de manchas de tomate frito cuando la ensaladera de cristal con las cuatro raciones de espagueti boloñesa de la mesa dos se hizo añicos contra el suelo. Elena se apresuró a recoger aquel desaguisado sin levantar la mirada, como si de esta manera pudiera obviar el motivo por el que se le había resbalado de las manos. Ni siquiera se dio cuenta de que uno de los añicos de cristal afilado se clavaba en su rodilla izquierda mientras estaba arrodillada en el suelo.

La puerta de la cocina se abrió con ímpetu y Elena no tuvo más remedio que levantar la vista, con temor a encontrarse con quien no quería ver. Por suerte, solo fue su jefe el que apareció por la puerta, el resto de la cocina aparentaba una completa normalidad.

—¿Qué ha pasado, Elena? —le preguntó Marcial, su jefe, con verdadera preocupación—. Ha sonado como si se hubiese derrumbado la cocina.

—Nada, Marcial. Los espaguetis de la mesa dos. En nada termino de recoger esto y salen marchando —contestó Elena, temblorosa.

—No te preocupes, mujer. Cúrate esa rodilla, que parece que está sangrando. Ya aviso a los comensales de la mesa dos de que la comanda se retrasará unos minutos —Marcial salió por la puerta, dejándola sola otra vez en la cocina, y Elena comenzó a temblar de nuevo.

Agazapado tras la puerta, invisible a ojos de todos, Ramón contemplaba cómo Elena se movía con ímpetu mientras limpiaba el suelo. A pesar del miedo que esta sentía, no podía evitar moverse con desparpajo con la intención de recoger aquello cuanto antes, con la esperanza de que la visión que había tenido hacía solo unos minutos fuese únicamente el producto de su aterrorizada imaginación. Mientras, Ramón observaba en silencio cómo las caderas de la que un día había sido su mujer se contoneaban ante él, lo que le llevó a un estado de excitación máxima. Tuvo que recolocarse el pantalón, que le estaba molestando ya sobremanera, mientras esperaba a que su dulce esposa se levantase del suelo. Quería mirarla antes a los ojos y sentir el miedo en los de ella.

Cuando Elena se levantó, a punto estuvo de tirar de nuevo los cristales recogidos cuando comprobó que no había sido una mala pasada de su imaginación. Se apresuró a arrojarlos al cubo de la basura, al igual que la bayeta que había utilizado para recoger los restos de tomate, mientras su cuerpo al completo temblaba como si fuera un flan. Escondido detrás de la puerta que daba acceso al restaurante, estaba él, la peor de sus pesadillas, a pesar de que el divorcio se había hecho efectivo hacía ya dos años.

Antes de que a Elena se le ocurriese dar una voz más alta que otra, Ramón se abalanzó sobre ella, mientras la acorralaba contra la pared. De todas formas, si no le había delatado cuando el idiota de Marcial había entrado en la cocina, no lo haría ahora. Una ligera sonrisa triunfal se dibujaba en su rostro, una sonrisa que ofrecía un ligero toque diabólico.

Elena no podía verle la cara, pero sentía la fetidez de su aliento ahogado en alcohol justo en su mejilla derecha y el abultamiento de sus pantalones contra la parte baja de su espalda. Su estómago se revolvió sin poder evitarlo y sintió unas ganas tremendas de vomitar.

—Ramón, por favor, vete, no me hagas esto. Desaparece de mi vida de una puta vez. ¿Es que no has tenido suficiente? —le rogó Elena, con pavor en la mirada, enfocada contra la pared de azulejos, y las lágrimas resbalando ya por su cara.

—¿Y qué piensas hacer para evitarlo? ¿Denunciarme otra vez, zorra? Ya has comprobado que no vale para nada. Eres mía, quieras o no, que no se te olvide —susurró Ramón en su oído, para evitar que le pudiesen escuchar y demostrando el odio que sentía.

Un único movimiento le bastó para girar a Elena, inclinarla sobre la encimera donde estaban esparcidos los ingredientes de las comidas que estaba preparando y penetrarla de una sola estocada desde atrás. Fue rápido, el estado de excitación de Ramón era demasiado álgido, y un silencio atronador resonaba en la cocina, solo interrumpido por los suaves y rápidos jadeos de Ramón. Recompuso sus ropas antes de que Elena hubiese tomado las fuerzas necesarias para incorporarse de la encimera de granito.

—Ahora, si te atreves, me denuncias otra vez. Como se te ocurra decirle algo a alguien, te mato, ¿me has oído? —de nuevo los asquerosos susurros de Ramón demasiado cerca de ella. La tomó de la cabeza con violencia y la besó con fiereza, un beso al que ella no respondió.

En el preciso instante en que Ramón abandonaba el restaurante por la puerta de servicio trasera, Elena vomitó con amargura sobre la encimera. Se colocó la ropa como mejor supo y se dejó caer al suelo, resbalando por la parte posterior de la encimera. Un ahogado llanto salió del fondo de su garganta, mientras se abrazaba las piernas, convertida en una pequeña bola de resentimiento.

—¡Elena! ¿Cómo van los espaguetis de...? —Marcial se detuvo de inmediato al ver en aquel estado a su empleada más querida. Aquella joven llevaba ya varios años trabajando con él y sentía el mismo cariño por ella que si se tratase de su propia hija. No necesitaba ninguna explicación para comprender lo que acababa de ocurrir en su cocina. La puerta trasera abierta dejaba entrar una corriente de aire cargado de culpabilidad —Tranquilízate, Elena, mi niña. Ahora mismo cerramos el restaurante y vamos a comisaría. Yo me encargaré personalmente de que ese hijo de puta no te vuelva a poner una mano encima. ¿De acuerdo? Ya pasó, mi niña, ya acabó todo.

Elena miró a Marcial con una nota de esperanza en la mirada. Creía en aquellas palabras, o quizá necesitaba creer en ellas porque en aquel momento eran su única tabla de salvación. Se lanzó a los brazos de Marcial como hubiese hecho si hubiesen sido los de su padre los que se abrían ante ella. Una fortaleza desconocida comenzó a recorrerle la sangre, regando cada parte de su ser. Aún no sabía cómo, pero estaba segura de que aquel ser no iba a joderle la vida nunca más. Ni a ella ni a ninguna otra mujer.

Publicado la semana 65. 31/03/2018
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