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Ana Centellas

Sobrevolando recuerdos

Iba a ser un pequeño viaje en globo de apenas unas horas de duración. Fue un regalo inesperado de mi esposa, sin necesidad de ninguna fecha especial, como nos gustan a nosotros. Cuando Sandra me sorprendió diciéndome que el día siguiente lo dedicaríamos a dar un paseo por el campo, me imaginé un día de senderismo, como tantas veces habíamos realizado. Me sorprendió un poco el hecho de tener que desplazarnos a otra provincia, pues en la nuestra hay lugares maravillosos por los que caminar, pero me cuidé de decir nada, por si acaso. Y menos mal, porque la sorpresa fue mayúscula cuando, después del madrugón, Sandra abandonó la autopista para adentrarse en una carretera provincial y, a continuación, seguir el camino por un sendero de tierra por el que se podía divisar, a lo lejos, lo que desde el primer momento me pareció un globo aerostático de vivos colores.

En ese instante comprendí que la actividad que íbamos a hacer aquel día distaba mucho de la ruta de senderismo que yo había trazado en mi mente. Llevaba mucho tiempo deseando montar en globo, pero Sandra, cada vez que se lo proponía, me decía que le daba miedo. De miedo, nada. Ahora comprendo que estaba buscando el momento para darme la sorpresa.

Pero aquella no fue la única sorpresa del día. Había amanecido un día precioso, sin rastro de nubes en el cielo y un sol radiante, pese a las bajas temperaturas que todavía sufríamos en aquel mes de marzo. Montamos en la cesta junto con otro grupo de personas que, junto con el monitor, completábamos el aforo del globo. Este comenzó su ascensión hacia el cielo con una suavidad inesperada para mí, que siempre había imaginado de un modo más brusco. Sandra y yo nos abrazamos, con una enorme sonrisa en el rostro, mientras el viento hacía volar hacia atrás su melena, que ondeaba como si de un finito mar rojo se tratara. Subimos tan alto que las personas parecían pequeñas hormigas allá abajo, hasta casi perderlas por completo de nuestro campo de visión. Sobrevolábamos campos, campiñas, bosques, prados, pueblos, ríos. El viaje estaba siendo apasionante y, sobre todo, muy, muy tranquilizante.

El viento en el rostro, el sol brillando con fuerza sobre nosotros, el abrazo cercano de Sandra, las maravillosas vistas, todo, sin excepción, estaba resultándome sublime. El globo comenzó un ligero descenso en el preciso instante en que sobrevolábamos uno de los muchos pueblos que había por el camino. La impresión fue muy intensa, al ver, tan cercanos a nosotros, los apiñados tejados de aquel pueblo asentado en un llano. Entonces fue cuando me di cuenta.

Estábamos sobrevolando mi pueblo, aquel que me vio nacer y en el que pasé toda mi niñez y parte de mi adolescencia. Reconocí a la perfección sus angostas callejuelas, con las casas colocadas casi al azar, dando como resultado enrevesadas calles sin ningún trazado geométrico. Pude ver la casa donde viví hasta los quince años, la escuela que un día fue mía, la plaza en la que jugábamos con la pelota cada tarde, rodeada de frondosos árboles, el bar en el que me tomé mi primera cerveza, la casa de mi amigo «el chino», la del «bigotes», la iglesia en la que recibí mi primera comunión y que jamás volví a pisar. Todos los recuerdos de aquella época vinieron en tropel a mi mente, lo que provocó que las lágrimas saltasen de mis ojos sin previo aviso.

Abracé a Sandra con más fuerza. Es única preparando sorpresas. Aquel viaje no era un simple viaje en globo, me había llevado a sobrevolar mis recuerdos.

Publicado la semana 64. 21/03/2018
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