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Ana Centellas

La Nena

—¡Acércate!

Su voz resonó en mis oídos con la misma fuerza y marcialidad que la de un teniente del ejército. Estaba asustada, lo reconozco. Yo, que siempre había inspirado temor a cuantos me rodeaban, me encontraba ahora en la misma situación que un gatito asustado. Mis pies comenzaron a avanzar despacio, de manera automática, pero con reticencias y una parsimonia aplastante, estremecedora, no estando acostumbrados a acatar ningún tipo de orden. Hasta aquella mañana, las órdenes siempre las había dado yo.

Por primera vez en mi vida, estaba desorientada y sin saber bien cómo actuar. Gruesas gotas de sudor comenzaron a perlarme la frente, pero no iba a ser yo ahora la que se dejase amilanar, al menos no permitiría que las demás lo notasen. Así que escudé mi miedo con una gruesa capa de indiferencia en el rostro, mientras temblaba por dentro como nunca lo había hecho y me acercaba a ella.

Rosalía era una enorme mujer que me doblaba en altura y en anchura, un auténtico armario de cuatro puertas con el pelo largo y unos pechos que iban un par de palmos por delante de ella. Cuando hablaba, emitía un vozarrón propio de un camionero y, en la mayoría de las ocasiones, todo lo solucionaba con un berrido que hacía que todas saliesen huyendo de ella sin rechistar. Yo llevaba un par de días allí, pero ya había calado el percal de la inmensa mayoría de mujeres que compartían módulo conmigo. Sin duda, la tal Rosalía era la que estaba al mando de todo.

Llegué a su altura sintiéndome una niña pequeña a la que acaban de quitar su juguete favorito. Negaré durante toda mi vida haber dicho esto, pero un par de puñeteras lágrimas amenazaban incluso con escapar de mis ojos. Yo, que no había llorado ni en el momento en que nací. Insensible, me decía mi madre. Fuerte, me decía yo a mí misma.

—Vamos a dejar las cosas claras, bonita —me vociferaba desde las alturas Rosalía—. Aquí mando yo, ¿está claro? No va a venir ahora una niñata como tú a imponer sus normas en mi territorio. Así que, como te vea acosando a alguna de mis mujeres otra vez te perseguiré hasta matarte, ¿entendido? Y yo no soy de las que se anda con chiquitas, pregúntale a quien quieras por qué estoy aquí.

Mientras hablaba, el rostro de Rosalía se había ido poniendo de un color bermellón intenso. Podía oler incluso la rabia que la recorría por dentro. Sobra decir que yo ya estaba más que informada de las «trastadas» de aquella mole humana y, si soy sincera, no me hubiera gustado cruzarme en su camino. Desde mi mísera altura, y en un esfuerzo por hacer que no se notase el miedo que estaba sintiendo en aquel momento, le lancé una mirada de desdén, mientras me giraba para alejarme de aquel lugar.

—¡Ah! —me detuvo Rosalía mientras me alejaba—. Y ten cuidadito. Te estaré vigilando muy de cerca.

Aunque detuve los pasos ante aquella última advertencia, ni siquiera me giré a mirarla. Llevaba dos días en el centro penitenciario y ya andaba metida en líos. Bien, si era lo que buscaba, lo tendría. Ella sería la que dominaba el lugar, pero no tenía ninguna idea de quién era yo. Y, aunque encerrada, podría mover muy bien mis hilos para que aquella mujerona no solo no me tocase un pelo, sino que iba a conseguir que su vida se convirtiese en un infierno.

Yo era «La Nena». Y con la nena no se mete nadie.

Publicado la semana 63. 15/03/2018
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