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Ana Centellas

Diferentes

La bandada siempre volaba en conjunto, mientras representaba una bonita forma de uve, con el líder siempre a la cabeza. Todos agitaban las alas al compás, de manera que seguían el mismo ritmo en un conjunto en el que predominaba la armonía.

Yo siempre me quedaba rezagado, mientras hacía vanos esfuerzos por alcanzar el ritmo del resto de la bandada. Nunca lo conseguía. Siempre quedaba atrás y jamás alcanzaba a llegar a la misma altura del vuelo de los demás. La frustración que sentía era absoluta. Para colmo, la bandada nunca esperaba. Vistos desde fuera parecían un grupo bien avenido donde todos se compenetraban, pero la realidad era bien distinta. Las pujas por adelantarse estaban a la orden del día. El líder se tenía que ganar a pulso su puesto, de manera que tenía que hacer los mayores esfuerzos del grupo para seguir en la primera posición. Y, por supuesto, nadie se acordaba de mí.

Yo era el más pequeño de la familia y nací con escasas fuerzas. A punto estuve de no sobrevivir  al romper el cascarón. Al principio, mi familia me cuidaba mucho. Recuerdo el cariño de mamá, que me acurrucaba entre sus alas para darme calorcito, y la comida que me traía papá con su pico, mientras mis hermanos ya habían emprendido el vuelo hacía días. En cuanto sentí las primeras fuerzas, me lancé al vacío como hacían ellos, con toda la confianza del mundo. El resultado fue un fuerte golpe contra una de las ramas más bajas del gran árbol en el que teníamos el nido.

Desde aquel momento, los extremos cuidados cesaron. Mi propia familia me colgó la etiqueta de torpe y decidieron que era mejor que me esforzase por conseguir alimento. Nunca más mamá me acurrucó bajo su plumaje ni papá me trajo un mísero gusanito más. Llegué a vivir en un estado famélico durante dos días. Al tercero, emprendí el vuelo, a pesar de que era bastante inexperto.

Cuando llegó la hora de la migración, salimos en formación. Yo quedé atrás y ningún miembro de mi querida familia se preocupó por mí. Ni qué decir tiene que las demás aves se preocuparon aún menos si cabe. Llegué al destino dos días después que los demás, agotado, cuando ya incluso me creía perdido y solo en el infinito firmamento. Sin embargo, llegué. Con eso me bastó.

Desde entonces, todas las migraciones fueron así. Todos avanzaban en una armonía falta de cordialidad y yo, aunque ya me había fortalecido bastante, siempre varias centenas de metros por detrás. Me hicieron sentir como el patito feo o la oveja negra de la familia, pero aun así, me sentía orgulloso.

Ahora vuelo en compañía de mi propia familia, que se adapta a mi ritmo, que nunca me abandona. Y lo mejor de todo es que, a base de no intentar nunca un imposible, no he llegado a vivir ese afán de competición que tienen los demás. Esos son los valores que he inculcado a mi pequeña familia.

Cuando miréis al cielo y veáis a las aves en migración, podréis observar, tras la gigantesca formación en uve, otra pequeña forma tras ellos. Es nuestra propia formación, la de mi familia, la de los diferentes, y me siento muy orgulloso de ellos.

Publicado la semana 59. 18/02/2018
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