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Casi con total seguridad conocéis a alguien que tiene algún tipo de fobia. Es algo mucho más común de lo que pudiéramos llegar a pensar. Yo misma tengo varias. Y no estoy hablando de un miedo normal y corriente, ni asco, ni nada parecido. Son fobias con todas sus letras y, evidentemente, con todas sus consecuencias. Os pongo el ejemplo de dos fobias que tengo perfectamente identificadas, de las habituales, no vaya a ser yo original.

Una de ellas es la fobia a las arañas. Seguro que todos la conocéis y más de uno de vosotros sufre esta terrible aracnofobia. Tanto me da que sean grandes y peludas, aunque reconozco que si me topo con una de esas sería capaz de llegar al infarto de miocardio, como si son pequeñitas, o de esas microscópicas que tienen unas patas larguísimas. Da igual que sea una imagen en televisión o internet, o incluso en un libro, me asalta la taquicardia sin remedio.

La segunda de mis fobias es a las cucarachas. No es que me den asco, es que veo una y directamente entro en crisis de ansiedad. Es ver una corretear con sus asquerosas patitas y salgo por piernas. Si os soy sincera, jamás me había preocupado por el nombre de esta fobia hasta hoy. Ahora ya sé que se llama blatofobia, nunca hubiese imaginado tal nombre.

Desde luego, nunca me había topado con una fobia tan extraña como la que sufre mi amigo Óscar desde que comenzó a hablar. Fueron muchos los médicos que le atendieron cuando aún tenía apenas tres años para descubrir por qué le ocurría aquello, sin resultado alguno. Incluso pasó por varios logopedas que desistieron del intento, pues no encontraron ninguna explicación racional a lo que le pasaba. Y es que mi amigo es incapaz de pronunciar la vocal «a». Tal cual lo oís.

Desde pequeñito, siempre cambiaba esa vocal por otra, digamos al azar, para evitar pronunciarla. Esto, si tenemos en cuenta la cantidad de palabras que utilizan dicha vocal, incluido su propio nombre, hacía que fuera muy difícil la comunicación, pues él se expresaba en su propio idioma inventado en un juego de vocales a lo loco. Eso sí, una vez que había asignado a una palabra otra pronunciación, siempre la repetía de la misma manera. No sé si esto se puede considerar una fobia o un trastorno del lenguaje, pero os puedo asegurar que, cuando por error, pronuncia la vocal de marras, se le comienza a inflamar la lengua y su rostro se cubre de horrorosos granitos. En numerosas ocasiones hemos temido incluso por su vida.

A día de hoy, yo me puedo considerar bilingüe, pues domino a la perfección el «oscariano», como me gusta llamar a esa curiosa forma de expresarse de mi amigo. Incluso a sus propios padres les cuesta entenderle. A este extraño caso yo le llamo «a-fobia», y ya soy una experta en el mismo. Menos mal que Óscar no tiene fobia a escribir la vocal, porque si no, sí que tendríamos un verdadero problema.

Publicado la semana 57. 04/02/2018
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