Semana
56
Ana Centellas

Fue por amor

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Relato
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Le veía cada mañana mientras caminaba hacia mi trabajo. Todos los días, sin excepción, en la pastelería que hace esquina justo dos manzanas más debajo de mi edificio de oficinas. Allí estaba él, con su gorro blanco, colocando bandejas y bandejas de repostería recién horneada, mientras su guapa compañera atendía al público que a esas horas de la mañana ya llenaba el local.

He de reconocer que más de un día me quedaba embobada mirando a través de la cristalera del establecimiento cómo colocaba con delicadeza la crema en los más diminutos pasteles, como si cada uno de ellos fuese su propia obra de arte. Entraba en el obrador y volvía a salir a los pocos minutos cargado con más bandejas que depositaba con armonía junto a las demás, creando un espectáculo visual de lo más dulce.

Tuve una temporada en la que solo podía soñar con aquel pastelero. En mis sueños se me mostraba mucho más dulce si cabe que todas las pastas y pasteles a los que pudiese dar vida con aquellas delicadas manos. Manos que yo soñaba recorriendo mi piel, acariciándome, deslizándose por entre mis pechos… Despertaba agitada, bañada en sudor, y miraba la hora con la ansiedad que me producía que todavía faltasen horas para poder verle. En aquella época, hubiese pagado para que las noches no existiesen, porque no me permitían contemplarle.

Me había enamorado como una loca de una persona que ni siquiera conocía, pues mi timidez me impedía adentrarme incluso en la pastelería para aspirar, aunque solo fuera, el aroma que despedían las delicias que aquel hombre preparaba. Tenía que conformarme con verle a través de la cristalera, como si fuese un tesoro inalcanzable, al que yo jamás tendría acceso.

Cuando yo terminaba de trabajar, la pastelería ya había cerrado al público. Entonces me iba apesadumbrada caminando de nuevo hacia mi solitaria casa, donde lo único que me esperaba era el fregadero repleto de platos por recoger. En mi cabeza se iban creando miles de historias en las que él aparecía, siempre, como protagonista de mi vida. De hecho, fui adquiriendo el hábito de escaparme un par de horas antes del trabajo durante varios días a la semana, solo para verle salir. Llegué a poner en juego incluso mi puesto de trabajo.

Cierto día, uno de esos en los que había salido antes para poder ver a mi amor, vi como una chica entró en la pastelería. Yo tenía una visión privilegiada desde el banco que hay en la acera de enfrente. Me llamó mucho la atención, puesto que a aquellas horas la pastelería ya estaba cerrada y, de hecho, tenía el cierre a medio bajar. Era guapísima. Desde el otro lado de la calle podía apreciar su bello rostro de muñeca de porcelana sin ninguna imperfección, una talla imposible de mantener sin sacrificios y una melena brillante y sedosa. Entró con toda la naturalidad del mundo, como si se encontrase en su casa y fue directa al interior del obrador. Cuando la vi salir besando al hombre de mis sueños, casi me quedo en el banco con un ataque al corazón.

Supongo que fueron celos lo que sentí, pero dentro de mí yo lo sentía como una llamarada de fuego muy intensa que me recorría por completo, haciendo que la mayor ira que había sentido jamás se desatase en mi interior. De inmediato me levanté del banco y me fui a casa a pensar en lo sucedido.

Si he de ser sincera, lo cierto es que no tuve que pensar mucho. La idea vino sola a mi mente y se alojó allí, machacando con insidiosa fuerza mi cerebro. Pedí unos días de vacaciones en el trabajo con la excusa de que no me encontraba bien. Y, sin más, lo hice.

Durante tres días estuve esperando sin resultado alguno. Fue al cuarto día cuando apareció. Tan mona, subida en unas preciosas botas de tacón de vértigo, enfundada en un abriguito blanco que la hacía parecer aún más bella. Mi odio hacia ella, que llevaba días creciendo, se hizo exponencial durante aquellos breves momentos. La intercepté justo cuando iba a cruzar el paso de peatones. Fingí darle dos efusivos besos mientras la apuntaba con el cuchillo más grande que encontré en la cocina, bien cubierto bajo mi abrigo y le decía al oído los pasos que tenía que seguir. Caminamos juntas hasta el banco.

La muerte fue tan instantánea y silenciosa que ni yo misma la escuché. Allí la dejé, recostada sobre el banco, parecía que estaba durmiendo, hasta muerta estaba mona. Me volví a mi casa con el único pensamiento que  me llenaba la mente en aquellos momentos, que a partir de aquel día, él sería mío. Lo que jamás llegué a imaginar es que él sí se había percatado de mi insistente existencia en el extrarradio de su vida y que me vio sentarme con ella en el banco para luego dejarla tendida sobre él.

Me confieso culpable, Señoría. Pero si de algo sirve como atenuante, le diré que fue por amor. Y lo volvería a hacer, Señoría, lo volvería a hacer.

Publicado la semana 56. 28/01/2018
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