Semana
55
Ana Centellas

Les robaron la primavera

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Relato
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La pequeña mariposa de alas oscuras como el azabache llevaba durante horas posada en uno de los listones de madera que formaban parte de la ventana. Era casi imposible ver el exterior, en parte por la falta de limpieza de los cristales desde hacía meses, en parte por la condensación que se había instalado en ellos debido al contraste de temperaturas. Era invierno, fuera el frío azotaba sin descanso y Sara llevaba horas contemplando a la mariposa, con la mirada perdida en lo más profundo de sus alas.

Durante todo aquel tiempo, la extraña mariposa no hizo ningún tipo de movimiento. Era como si hubiese quedado atrapada dentro de la sala, en un lugar y una época que no le pertenecían. Al igual que Sara, que tampoco se sentía parte de la habitación en la que se encontraba. Era joven, demasiado joven quizá para lograr comprender lo que estaba sucediendo, quizá de la misma manera que la mariposa observaba curiosa el exterior sin saber muy bien qué hacía ella allí dentro.

Sara reflexionó en silencio, como siempre había hecho desde que la llevaron allí. Exactamente desde el día de su ingreso no había pronunciado palabra alguna, y de aquello hacía ya seis largos meses. «Hasta que estés curada, cariño», le había dicho su madre aquel día. ¿Curada de qué? Pensó que, mientras la mariposa no debía estar allí, en pleno invierno, sino que debería estar batiendo sus alas con gracia durante la primavera, saltando de flor en flor, a ella le estaban robando su primavera, la juventud de su vida.

Allí había muchas más chicas, de todas las edades, hasta los dieciocho años de edad, creyó leer algún día en algún documento. Algunas, como ella, permanecían en un cerrado mutismo, encarceladas dentro de sí mismas. Otras hablaban entre ellas, hacían grupos e incluso algunas salían al patio a fumar a escondidas unos cigarrillos que no lograba adivinar dónde los habrían conseguido.

Sara se limitaba a observarlas. Auténticos esqueletos vivientes que sobrevivían a duras penas sin llegar a los cuarenta kilos de peso. Todas ellas, sin excepción, presentaban el rostro demacrado y, bajo sus ropas, se podían adivinar todos y cada uno de los huesos de sus diminutos cuerpos, casi infantiles. Cuando alguna conseguía llevar una alimentación equilibrada y cogía algo de peso, era enviada a casa junto con su familia. Nunca había despedidas, jamás se creaban lazos afectivos allí dentro. De hecho, cuando una de ellas salía, ya estaba otra muchacha esperando a entrar por la puerta, con la tristeza bien marcada en las ojeras que bordeaban el bajo de sus ojos.

Le habían dicho que era como aquellas chicas, pero ella sabía que no era así. Por ello no alcanzaba a comprender el porqué de su estancia allí. El espejo se lo decía cada mañana, mostrándole una cara redonda junto con un cuerpo que desbordaba grasa por donde lo mirase. Por ello había ideado cien estratagemas para deshacerse de la comida. No podía permitirse engordar ni un gramo más. Sus compañeros de instituto se reirían de ella, de sus michelines y de sus cara regordeta. No había forma de que aquella persona tan amable con la que hacía terapia cada semana la comprendiese. Era como si la estuvieran mirando con unas gafas equivocadas.

Sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo cuando alguien abrió la puerta de la sala de lectura para entrar. Se abrigó con su jersey favorito, sin notar que cada día le quedaba más amplio, y siguió observando a la inmóvil mariposa. Ambas presas por equivocación. Ambas buscando una primavera que les había sido robada, sin ser conscientes de que, mientras tanto, se les escapaba la vida.

Publicado la semana 55. 20/01/2018
Etiquetas
anorexia
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