Semana
54
Ana Centellas

Un encuentro llamado deseo

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Relato
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Ellos se acercaron hasta que casi no cabía una rendija de aire entre los dos. Saltaron chispas de inmediato. Después de tanto tiempo deseando conocerse, por fin había llegado el día.

Fueron muchas las horas que habían pasado conversando; tantas, que casi podía decirse que se conocían el uno al otro mejor que a ellos mismos. Compartían gustos, aficiones y la conversación era ilimitada entre los dos. Pero de todo ello, lo que había sido el factor determinante para que llegasen a conocerse fue la fuerte atracción física que se había instalado entre ambos desde el primer momento.

Ella no sabía aún su nombre y ya lo deseaba. Él, sin conocerla de nada, la deseaba más que a nada en el mundo. Ese sexo encubierto entre líneas dentro de todas sus conversaciones había dado paso a un sentimiento que ya no se podría definir como amistad, sino como amor. La realidad era esa, estaban los dos enamorados el uno del otro de una manera irremediable.

El primero en llegar al punto convenido fue él. Esperaba como un adolescente nervioso, dando vueltas de un lado para otro. Cuando ella llegó, él estaba de espaldas. Lo vio moverse con nerviosismo, aunque la impresión que le dio fue la de un animal enjaulado, deseando que le abriesen la celda para liberar su fiereza. Le llamó con una voz suave a sus espaldas. Él no tardó en girarse y quedaron los dos viéndose frente a frente por primera vez en su vida.

Ninguno de los dos pronunció palabra alguna. Iniciaron a la par un tímido acercamiento, que pronto dejó de ser tan controlado para llegar a estar uno completamente pegado al otro. La chispa saltó al instante cuando ambos se fundieron en un abrazo, como si fuesen un par de amigos muy queridos que llevasen mucho tiempo sin verse. El abrazo desembocó en un apasionado beso, sin que ninguno de ellos diese tregua al otro. Las respiraciones comenzaban a agitarse, los besos se volvieron más profundos, se mordían, se comían, se devoraban.

Las manos de ambos comenzaron a moverse solas, a deslizarse por el cuerpo del compañero sin que ninguno de ellos fuese capaz de hacer algo por el evitarlo. Una mano descarada de él se entrometía bajo la falda de ella, en busca de lugares más cálidos. La desenfadada mano de ella se introducía entre los dos cuerpos, en busca de la alegría que la esperaba bajo aquellos vaqueros desgastados.

Aún no habían comenzado a decir ninguna palabra cuando la mano de ella tiró con suavidad de la de él, encaminándole hacia su casa. Era la primera vez que se veían, pero en tan solo unos minutos lograron no volver a separarse nunca más.

Publicado la semana 54. 10/01/2018
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