03
Ana Centellas

La casa

Ellos se mudaron de casa cuando comenzaron a notar fenómenos extraños en ella. Las maderas crujían, las vigas lanzaban quejidos lastimeros que no eran capaces de identificar. Todas las flores del jardín, que con tanto esmero se había encargado de cuidar Mary, quedaron marchitas en una sola noche. Los pajarillos que solían habitar en las ramas del gran roble que había en el centro del jardín, desaparecieron casi como por efecto de magia. Mary, embarazada de cinco meses, comenzó a sentir un pánico terrible, que se manifestaba en horribles pesadillas que se repetían varias veces cada noche. Su marido, Charles, aunque también había notado aquellos sucesos tan fuera de lo común, era algo más escéptico, por lo que procuraba mantenerse un poco al margen del tema. Sin embargo, fue tanta la presión que recibió de su esposa, que al final accedió a que se mudaran de casa. lo hizo también pensando en el bienestar del bebé que venía en camino, pues el estado de alteración de Mary y su falta de descanso nocturno, no podía ser buenos para la pequeña criatura que se estaba gestando en su interior. Se pusieron en contacto con una inmobiliaria de la zona, y a los pocos días ya tenían colocado el cartel de "se vende" a las afueras del jardín. Ese mismo día, Mary comenzó a empaquetar todos sus enseres, sin tener ni siquiera visto un lugar al que marchar. A la mañana siguiente, el cartel estaba arrancado y tirado al otro lado de la calle. Charles pensó que se había tratado de la travesura de algún grupo de gamberros, pero cuando pasados varios días comprobó que ocurría lo mismo día tras día, se convenció definitivamente de que tenían que salir de allí cuanto antes. Encontraron un céntrico apartamento decorado con mucho gusto, al que se trasladaron de inmediato, viviendo de alquiler mientras se gestionaba la venta de la casa. La cosa se retrasó algo más de lo necesario pues, por lo visto, el dueño de la inmobiliaria tenía problemas con la Justicia, y fue precintada de la noche a la mañana. Todo parecía querer retrasar la venta de la casa. Buscaron una nueva inmobiliaria que les gestionase la venta. De momento, ellos llevaban una agradable y tranquila existencia en el nuevo apartamento, disfrutando del embarazo de Mary, que ya era bastante más que evidente. Un día recibieron una llamada de la nueva inmobiliaria, para comunicarles que la venta de la casa se estaba complicando bastante, ya que esta se estaba deteriorando a un ritmo fuera de lo normal. Charles decidió acercarse a ver qué era lo que estaba ocurriendo. Cuando llegó al lugar, se quedó por completo sin respiración. El jardín era un secarral, cubierto por completo por pajas secas. El gran roble se había secado también en su totalidad. Algunas de sus grandes ramas habían caído al suelo, dejando unas grandes aberturas por donde se podía contemplar la oquedad de su interior. El cartel de "se vende" yacía como siempre tirado al otro extremo de la calle, cubierto totalmente de óxido. Pero lo que más le heló la sangre fue contemplar la casa que hasta hacía unas escasas semanas había sido su hogar. Las paredes, antes de un brillante color blanco, lucían grandes desconchones y estaban cubiertas, en dos de sus caras, por grafitis amenazantes. Las rejas de las ventanas estaban totalmente cubiertas de óxido y a algunas les faltaban incluso los cristales. Al tejado le faltaba una cantidad incontable de tejas. La puerta de la entrada parecía carcomida y no tenía ni cerradura. No podía encontrar una explicación racional a lo que estaba ocurriendo en aquella casa. De pronto, sintió miedo de adentrarse en ella, por lo que pudiera encontrar en su interior. Con paso trémulo y pulso tembloroso empujó la puerta de entrada, y lo que contempló le llevó a caer al suelo arrodillado. Completamente cubiertos por una gruesa capa de polvo, los muebles parecían sacados de otra época. Los ratones y murciélagos campaban a sus anchas, parecía que fuesen las únicas criaturas vivas capaces de permanecer en su interior. De reojo, creyó ver corretear también alguna cucaracha. No se lo podía creer, pero nada quedaba de lo que había sido su antiguo hogar. Las lámparas modernas que los iluminaban cada noche, ahora eran pesadas lámparas de araña. Era como si todo se hubiese transportado a centenares de años atrás. Entró con cuidado en la cocina. Las paredes estaban cubiertas por unos anticuados azulejos de horrendos dibujos florales, también desconchados. En lugar de la moderna placa vitrocerámica que ellos utilizaban, había un extraño horno de leña. Cucharas de madera de todos los tamaños colgaban de las paredes. Pensó que, por algún motivo, aquella casa no quería que se deshicieran de ella. Había pertenecido a su familia durante generaciones y ello explicaba, en cierta medida, el interés de la casa por seguir permaneciendo dentro del patrimonio familiar. Pero lo que escapaba por completo a su capacidad de razonamiento era lo que estaba ocurriendo. Esa regresión a un pasado del que no habían formado parte. Apesadumbrado, se dirigió a la inmobiliaria, para poder comunicarle a su agente que quería detener la venta de la casa, a la vista de los acontecimientos que había podido contemplar con sus propios ojos. La sorpresa que se llevó fue mayúscula cuando la chica de la agencia le comunicó que no tenía la menor idea de quién era él. - La casa de la que usted me habla lleva abandonada desde hace más de un siglo, señor. Han intentado demolerla en varias ocasiones para construir en su parcela, pero el follaje del jardín crecía de una manera imparable de la noche a la mañana, impidiendo a las máquinas realizar su trabajo. ¿En serio no conoce la historia? Además, las tumbas que se encuentran en el jardín trasero hubieran echado para atrás a la mayor parte de compradores, por lo que hace ya mucho tiempo que se dejó tal cual está, en estado de abandono. Por ahí cuentan que está embrujada. Tras agradecer a la empleada sus comentarios, un perplejo Charles salía de la agencia con un alto grado de incredulidad en su rostro. ¡Si ellos habían estado habitando aquella casa hacía menos de un mes! Fue en busca de Mary y le contó todo lo sucedido, desde su visita a la vieja casa hasta los comentarios de la chica de la agencia, que aseguraba no conocerle de nada. Le habló también de las supuestas tumbas que se encontraban en el jardín trasero, donde ellos salían a tomar el sol cada tarde. El rostro de Mary se demudó por completo. Una gran desesperación se apoderó de ella y, resuelta, fue a ponerse el abrigo. Necesitaba verlo con sus propios ojos. Juntos regresaron a la casa. Charles pudo comprobar asombrado cómo el aspecto era aún más desolador que el que él mismo se había encontrado aquella mañana. Mary le arrastró directamente al jardín trasero, quería comprobar por sí misma que sus suposiciones no eran ciertas. Con su ya abultada barriga, caminaba torpemente entre la maleza, tirando con desesperación de la mano de su marido. Lo que encontraron allí les heló la sangre. Perfectamente alineadas, en el mismo lugar exacto donde ellos solían sentarse a tomar el sol, dos tumbas recubiertas de polvo y malas hierbas les estaban esperando. En una de ellas se podía leer claramente: "Charles Jones, 4 de abril de 1751 - 21 de septiembre de 1775". En la otra: "Mary Jones, 25 de mayo de 1754 - 21 de septiembre de 1775. La pequeña Candance Jones, cuya inocente alma no llegó a conocer la vida". Charles y Mary, por completo acongojados, se fundieron entre lágrimas en un abrazo interminable. Fue en ese momento cuando un paro cardiaco les pilló a los dos desprevenidos, al mismo tiempo, devolviéndolos al lugar del que nunca deberían haber salido.
Publicado la semana 3. 05/03/2017
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