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Ana Centellas

Un breve cuento de amor

Hoy voy a regalarte una historia. Una historia donde los protagonistas somos tú y yo. Una historia real, como la vida misma, sin fantasías ni absurdas invenciones. Una historia que espero que te guste, pues es la historia de nuestra vida, y si no te gusta esta historia, entonces sí que estamos en definitiva perdidos. Sin absolución posible. Una historia desde el corazón, desde el sentimiento más hondo que tiene cabida en mí. Desde las lágrimas de mis ojos y desde mis risas más descontroladas, da comienzo esta historia, este regalo para ti. Había una vez un chico y una chica desconocidos por completo en un mundo donde ya se conocían. Invisibles el uno para el otro aun encontrándose a escasos metros. El motivo lo desconocían los dos, puesto que ni siquiera se conocían. Pero un buen día, un día caluroso cualquiera del mes de agosto, el chico reparó en aquella chica que tan cerca había estado siempre sin ser vista. Y desconocía por completo que la chica también había notado la presencia de aquel chico que siempre había estado allí sin ni siquiera saberlo. Él era espontáneo y extrovertido, querido por todos y divertido como el que más, algo que a ella le llamó la atención hasta límites insospechados. Ella era callada y reservada, lo que le granjeaba alguna que otra mala opinión de personas ajenas que le resbalaban por completo, pero buena persona, y sus ojos del color del atardecer en la selva amazónica llegaron a tocar en lo más hondo el corazón de aquel joven muchacho. Pero una celestina malintencionada, aunque no elegida, hizo que ninguno de los dos supiera de los sentimientos del otro, aunque ella conocía los secretos mejor guardados de ambos. Aquel chico alegre y decidido resultó tímido a más no poder y a la chica jamás se le hubiera ocurrido aventurarse por temor a ser rechazada. Ajenos los dos a los sentimientos del otro, pasaban los días separadamente juntos, mientras el sentimiento que se iba forjando en ambos iba en aumento. Hasta que un día aquel joven venció su timidez entregando una carta a la chica, para desvanecerse por completo justo en ese momento. La chica flotaba en el aire, no sabía si reír o llorar,  parecía vivir en un sueño del que no quería despertar. No fue hasta el día siguiente cuando reunió el valor necesario para hablar con él. Y volaron los sentimientos, haciendo jirones la noche que caía sobre los enamorados. Porque ese era el término justo, enamorados. Pocos días duró el ensueño, pues en un alarde de estupidez, de cobardía, de enajenación, ella intentó alejarse, dejando quebrado el corazón de aquel chico que creía haber tocado el cielo con las palmas de las manos. Pero el destino, el karma, o simplemente el amor, los volvió a reunir al poco tiempo. Aquello era predestinación, estaba escrito en el firmamento con las estrellas más luminosas que jamás se hubiesen podido contemplar. Los astros y las constelaciones se alinearon para formar sus nombres juntos, entrelazados en el firmamento. Y desde entonces, ha sido así. Si observáis con detenimiento la Osa Mayor, la Osa Menor, Pegaso, Casiopea, Orión, Perseo, Sagitario e incluso la misma Luna, veréis cómo trazan dos nombres por siempre unidos. Comenzaron a verse todos los días, pero a pesar de ello él le escribía cartas, que le entregaba en mano. Hermosas cartas de amor, misivas escritas desde la urgencia del corazón, y cualquier resquicio de temor desapareció del alma de ella. Vivieron momentos idílicos, paseos eternos, pasiones desmedidas, discusiones absurdas, reconciliaciones apoteósicas, ganas de no separarse jamás, de envejecer juntos. Y el tiempo les regaló su historia, y dos pequeños preciosos que fueron su alegría y sus desvelos. Y aunque las cosas cambiaron, la esencia permaneció fiel a sí misma, el amor, el no saber vivir el uno sin el otro, con pasiones más medidas, discusiones más severas, reconciliaciones tranquilas y las mismas ganas de no separarse jamás. Veinte años han pasado desde que aquel chico y aquella chica se conocieron dentro de un mundo en el que ya se conocían. Ella aún conserva sus cartas y él aún recuerda sus pasiones. Y en su particular cuento continúan, sin castillos, ni príncipes, ni princesas, intentando ser felices, aunque no coman perdices. Ana Centellas. Enero 2017. Derechos registrados.
Publicado la semana 2. 05/03/2017
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