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Ana Centellas

No

Hasta mis oídos solo llegan sonidos por completo incomprensibles para mí. Te veo frente a mí, mueves los labios y sé que debes estar pronunciando palabras, pero lo que yo oigo no tiene en absoluto ningún sentido. Me siento como una extranjera en mi propia tierra, desprotegida ante un idioma extraño por el que cambiaron las tiernas palabras de cariño que solías regalar a mis oídos. No te comprendo, por más que me esfuerce, no comprendo lo que está ocurriendo.

No sé qué demonios ocurre ni cómo hemos llegado a esta situación. Solo sé que las palabras  que deben de estar saliendo de tu boca ni siquiera alcanzan a mi cerebro, colapsado en algún momento perdido en el vaivén de los recuerdos felices. Únicamente puedo ofrecerte silencio, mi regalo más preciado ante una situación que no sé cómo afrontar, ante un discurso barato de frases hechas para un idioma muy diferente del mío.

Cierro los ojos, como si de esta manera estuviese cerrando también mis oídos, como si así pudiese evitar que pronuncies aquello que nunca quise escuchar. Cierro los ojos y mi mente vuela hacia otro lugar, hacia otra época, hacia otra vida. Ni si quiera sé cuánto tiempo permanezco así, si han sido horas, minutos o segundos. Solo sé que cuando vuelvo a abrirlos no estás, que has cumplido tus promesas, que has seguido siendo fiel a ti mismo, como siempre has hecho.

Por un instante, te odio. Te odio como jamás llegarías a imaginar, pero solo durante un instante, menos quizá de lo que dura un pestañeo. La mordaza que me cubría se libera para que mi voz resuene en el piso vacío sin ti y solo puedo pronunciar una palabra. Un no alto y rotundo llega hasta mis oídos sin que sea capaz de reconocer mi propia voz en ellos. Me levanto y salgo en tu busca con la seguridad que otorga haber aprendido, por fin, a hablar en tu idioma.

Publicado la semana 102. 30/12/2018
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