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Ana Centellas

El espíritu inmortal

Siempre le tuve miedo a la muerte, aunque quizá sea más correcto hablar de pánico. Su sola mención ya me causaba escalofríos y las consiguientes horas de angustia ante la idea, que no dejaba de dar vueltas en mi cabeza como si de una noria se tratara. He de reconocer que se trataba de un miedo casi irracional, abrumador, que me dejaba paralizado incluso para el ejercicio de cualquier actividad cotidiana. Algo así como una fobia, aunque imagino que como nunca recibí tal diagnóstico no se podría denominar así.

De una manera o de otra, la realidad era esa. Me daba pánico la muerte. Y la vida, con su tremenda ironía, me la trajo, la muerte, mucho antes de lo que yo tenía planeado. Qué cosas. Fue un lunes por la mañana. Una bonita mañana de invierno, fría, muy fría. La noche había dejado una gruesa capa de hielo que recubría las aceras mojadas por la lluvia del día anterior. Yo salía de mi casa, feliz, como todos los lunes, y nada más poner un pie en el suelo, resbalé, con la mala de suerte de que fui a dar con la cabeza contra uno de los hierros decorativos de la puerta de mi portal.

Recuerdo contemplar la escena desde una cómoda nube, la única que había en el cielo aquella mañana. Y no pude evitar reírme a carcajadas al pensar que, oye, al final no había sido para tanto. Y lo mejor de todo es que ahora mi espíritu es inmortal.

Publicado la semana 101. 04/12/2018
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