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Ana Centellas

Celos (III)

Llegó un momento en que a duras penas lograba soportar la situación. De entre todas las personas que hay en el mundo, había conseguido establecer una relación sentimental con las dos más celosas que había conocido jamás. Me llegaban los reproches de todas partes. Durante el día, Fabián me torturaba en la oficina con su insistencia para que dejase a Anais y compartiese mi vida con él. Cuando llegaba la noche era aún peor. Regresaba a casa y mi compañera olisqueaba hasta mi ropa en busca de algún perfume ajeno. Llegué incluso a plantearme con seriedad el hecho de romper con los dos.

Entonces fue cuando se me ocurrió la brillante idea. Pasó por mi mente como una estrella fugaz que iluminó todo a su paso y se presentó como la solución a todos mis quebraderos de cabeza. A partir de aquel momento, enfoqué todos mis esfuerzos en hacer realidad lo que había ideado: que Fabián y Anais se conocieran. Si lo hiciesen, estaba convencida de que todo iría sobre ruedas. Llegué incluso a fantasear con una relación en la que los tres fuésemos piezas clave, viviésemos juntos y tuviésemos, juntos también, el mejor sexo que hubiese sido capaz de imaginar. Había quedado en el olvido la experiencia que tuve con Javier.

Ahora, no sé por qué, ya no me parece tan buena idea. Quizá sea por la actitud hostil que ha adoptado Anais desde que ha entrado por la puerta y ha visto a Fabián acomodado en su sillón favorito. O quizá sea por la actitud tan apocada que ha tomado Fabián ante la presencia de Anais. A pesar de que la reacción de ambos ha sido exactamente la que me esperaba, al vivir la situación he comprendido que el cuento que había imaginado no iba a tener nada que ver con la realidad. Tomo aire en profundidad y comienzo con las presentaciones.

La cena no está yendo tan mal como había imaginado hace unos instantes. Es más, parece que al final incluso han congeniado. Yo era consciente de la cantidad de intereses que tenían en común, pero, si soy sincera, no me esperaba que conectasen tan bien en tan poco tiempo. Quizá hayan tenido algo que ver las copas de vino que les serví mientras terminaba de preparar la cena para que fueran limando asperezas. Y vaya si las han limado. De hecho, no me están haciendo ni caso ninguno de los dos. Llevan como media hora hablando de filosofía, un tema que a los dos les interesa mucho y del que yo no tengo ni idea. He intentado intervenir un par de veces con algo de humor y la mirada de reproche que me han lanzado los dos ha sido tremenda.

Así que aquí estoy, viendo cómo Fabián y Anais se lo pasan estupendamente bien sin mí, mientras devoran la cena que yo me he encargado de preparar y vacían las botellas de vino que se han llevado casi la mitad de mi sueldo de un mes. Incluso parece que se están acercando un poco más de la cuenta, ¿no? Ay, ay, ay... a ver si ahora va a resultar que la celosa soy yo... ¿Qué es esto que siento, si no? No me había sentido así jamás.

El reloj roza ya la medianoche y mis dos queridos amantes deciden salir a tomar una copa. ¡Sin mí! ¿Qué os parece? Que muchas gracias por haberlos presentado, me dicen. Aquí me quedo, sola, aferrada a una enorme terrina de helado de chocolate con nueces y la última botella de vino bien cerquita. Y ahora es cuando me pregunto, ¿será esto lo que llaman por ahí karma?

Publicado la semana 100. 28/11/2018
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