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Ana Centellas

Caminos diferentes

Carmen y Rodrigo eran amigos de toda la vida. De toda la vida en el sentido más literal, ya que fueron juntos a la guardería, al colegio, al instituto y ahora a la universidad. Carmen vivía tres portales más abajo que Rodrigo en la misma calle. Durante años Rodrigo había pasado a recogerla para ir a clase juntos, eran inseparables. Y lo seguían siendo, ahora con veinte años. Cuantas tardes compartidas en la habitación de uno o de otra, charlando, escuchando música, contándose confidencias. Pero, habiéndose criado juntos, en el mismo entorno, el destino había hecho que sus vidas tomasen caminos diferentes. Caminos diferentes, que a veces se cruzan, a veces se alejan, se mantienen paralelos e incluso llegan a unirse. Rodrigo, excelente estudiante desde sus años de colegio, mantenía un expediente intachable en la facultad de medicina. No faltaba a ninguna de las clases y todos los días dedicaba un tiempo a estudiar, quería convertirse en un neurocirujano espectacular. Carmen, en cambio, se acercó a otro tipo de compañías que había conocido en la facultad. Faltaba a todas las clases que podía, y ahogaba las mañanas en alcohol junto con sus nuevos amigos. Las tardes y noches durante la semana eran de ellos dos. Siempre, sin excepción, se reunían en casa de uno u otro y pasaban horas encerrados en sus habitaciones. En esos momentos, ambos eran felices. Pero los fines de semana, Carmen comenzó a salir con su nuevo grupo de amigos. Las tardes en casa de Carmen comenzaron a ser distintas. Cuando se reunían en casa de Rodrigo aquello no pasaba, pero en la habitación de Carmen la atmósfera que se respiraba era completamente distinta. El aire quedaba viciado por el humo del tabaco mezclado con otro tipo de sustancias que a Rodrigo le nublaban la mente. El no fumaba, pero tanta tarde acompañando a su amiga en aquella atmósfera acogedora, le llevaron a unirse a ella. Hoy Carmen y Rodrigo están sentados en el suelo de la habitación de Carmen, las espaldas apoyadas contra la cama. Carmen está liando un porro mientras Rodrigo se acerca a ella y la huele. Le encanta su olor. Se recrea en el olor del tabaco y el chocolate que está mezclando Carmen con habilidad pasmosa. Un olor poderosamente excitante para el que penetra por sus fosas nasales y llega directo hasta el punto exacto de su cerebro que controla su lucidez. Es la tercera vez que lo hacen aquella tarde, Rodrigo está prácticamente tumbado sobre ella, aspirando el potente aroma que le enloquece. La música suena a un volumen ensordecedor. Los ojos de Carmen cada vez están más entrecerrados, Rodrigo la ve hermosa como nunca. En la primera calada siente como sus manos recorren el cuerpo de la chica, apreciando la firmeza de su anatomía. Carmen continúa sentada liando otro canuto para ella. En la segunda calada que da Rodrigo, antes de verter la pavesa sobre el cenicero a rebosar, ha desabrochado su blusa y contempla embelesado los pechos más bonitos del mundo, libres de las ataduras de ningún sostén. Queda hipnotizado por esos duros pezones que parecen invitarle a lamerlos. No lo piensa, acaricia suavemente esos dulces pechos y los lame, los chupa, los muerde a su antojo. Para entonces, Carmen enciende su cigarrillo con los ojos entrevelados. Rodrigo da una calada más. Inspira fuerte y exhala una gran bocanada de humo narcotizante. Ya tenía a Carmen completamente desnuda ante si, con las piernas abiertas exhibiendo su pubis perfectamente rasurado. Nota como su miembro se endurece ante aquella visión, pero aún no se atreve a tocarle, a profanar ese magnífico cuerpo con el que tantas veces había soñado. Vuelve a dar una calada. Carmen sigue totalmente laxa apoyada contra la cama. Una calada más y Rodrigo se aventura a tocar el sexo de Carmen, completamente lubricado. Introduce un dedo, dos. Se recrea en él unos instantes antes de introducir ávidamente su lengua. Lame con delicadeza el clítoris de Carmen mientras sigue introduciendo los dedos en su interior. Carmen tiene ya los ojos prácticamente cerrados. Una última calada al porro antes de apagarlo con furia en el cenicero. No puede más, su miembro amenaza con romper el pantalón vaquero que lo tiene secuestrado. Rodrigo lo libera y se introduce en el cuerpo de Carmen con energía, embistiendo una y otra vez. Nota el orgasmo de ella en forma de espasmos sobre su miembro, mientras el mismo se libera pausadamente en su interior. La cabeza de Carmen reposa hacia atrás sobre el colchón de su cama. Un ligero calor sobre las piernas saca a Carmen de su trance. Se ha quedado dormida y el cigarrillo le está quemando la falda. Rápidamente despierta a Rodrigo, que reposa sobre ella con una gran expresión de satisfacción en la cara. Rodrigo despierta violentamente, aún no sabe lo que está pasando. La más que evidente mancha en sus pantalones le provoca una sensación inmediata de vergüenza. Se excusa torpemente y camina cabizbajo los tres portales que le separan de su casa. Rodrigo ama a Carmen pero nunca será capaz de confesárselo. Carmen no ama a Rodrigo, ama a un tipo con melena que posteriormente se convertiría en el mejor cirujano cardiovascular de España. Ella centraría sus estudios y conseguiría convertirse también en una excelente cirujana cardiovascular. Tendrían un chalet, dos hijos y un perro. Rodrigo continúa reviviendo su pasión con Carmen a través del consumo de cannabis. Lo más que ha logrado ha sido convertirse en médico de familia. Comparte su vida con una mujer con la que solo intenta recrear los momentos de pasión alucinógena vividos con Carmen. Tienen un hijo y un pequeño apartamento en las afueras de Madrid. Después de aquella turbia tarde, no volvieron a reunirse. Rodrigo nunca tuvo fuerzas para ello. El destino había hecho que sus vidas tomasen caminos diferentes.
Publicado la semana 1. 05/03/2017
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