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Aletheia

Little E.

Te oigo llamarme en el silencio. Me despierta tu voz. Inconfundible, que se mezcla con las risas de mi sueño sostenido por la fuerte respiración del hombre que duerme a mi lado. Mi compañero de vida.

Me levanto, torpe. A oscuras atravieso mi cuarto. Tropiezo con la cama y con el marco de la puerta hasta que mi instinto de supervivencia despierta y me obliga a estirar los brazos. A palpas llego hasta tu mesita de noche y enciendo la luz de la lamparita.

Tu estómago no te da tregua esta noche. Me miras y en tus ojos hay dolor. Dolor agudo de tripas que se mueven violentas. Las escucho mientras me siento a tu lado en la cama.

Vamos a probar las manos milagrosas de mama. Esas que curan los males del alma y atenúan cualquier otro mal mundano. Esas manos-cobijo, esas manos-templadas. Esas manos-milagro.

Te levanto la camiseta del pijama  y empiezo a presionar suavemente por debajo de tus costillas en el sentido de las agujas de reloj. Como cuando aliviábamos los cólicos nocturnos. Han pasado diez años. Tu tripa no es la misma, mis manos tampoco.

Observo mis manos con curiosidad mientras suben y bajan por tu barriga y me sorprende lo que veo.  El paso del tiempo es incuestionable en ellas. Sin deterioro alarmante, descubro algo inquietante, mis manos ya son manos adultas. Es como si acabaran de crecer ahora mismo. En este mismo lugar, acompañando el dolor de tu vientre.

Queriendo absorberlo todo, hasta que se escurra fuera de ti. Queriendo que la tormenta de tus intestinos pase a través de mi piel y te trascienda. Para siempre jamás.

Y subo la mirada y veo que cierras los ojos. Tienes un perfil perfecto. Soy incapaz de encontrarte parecido con nadie. Tus labios, que empiezan a ser seductores, no tienen nada que ver con los míos. O los de tu padre. Labios voraces de palabras. De preguntas. De curiosidad ingenua y desmedida. De hambre por saber. Labios de una vida por delante.

Cuatro pecas salpican tu tez, aún morena de verano. Tu nariz perfecta en dimensiones, respingona y locuela.  Y tus ojos, ahora ausentes, son un mar de amor embravecido. Y también veo, alumbrada por la luz de la mesita, como se empieza oscurecer la comisura de tus labios.

Y una alegría infinita me rasga por dentro al saber que ahora te toca a ti empezar.

Y un miedo inconmensurable me rompe el alma. Miedo de que te pierdas y no sepas encontrarte. Miedo a que la vida te supere y no estén mis manos cerca para templar tu ombligo. Para comerme tus lágrimas y vaciarte de ellas.

Abres los ojos y sonríes a medias. Como sólo tú me sabes sonreír.

Mama: ¿Estás mejor, cariño?

Little E.: Aún me duele, mama. ¿Puedes acostarte un rato conmigo?

Apago la luz y sumerjo mi nariz en tu cabeza. Aspiro tu olor, y me dejo vencer por la tibieza de tu abrazo mágico. Sabiendo que sin ti yo no sería.

Sabiendo que tú me completas. Me haces entera. Sabiendo que si no estuvieras en mi vida sería yo, a medias.
Publicado la semana 37. 14/09/2017
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