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Aletheia

calor

La televisión adormece. A veces, es necesario dormirse.

Me siento. Fijo mi mirada en el rectángulo negro de 50 pulgadas que cuelga de un soporte frente a mí. Busco el mando a distancia entre los cojines, sin dirigir ni siquiera la mirada a mis manos. El televisor me vomita anuncios en cuanto logro encenderlo y la publicidad pasa ante mí. Me recuesto en el sofá, absorta en nada. Colores, imágenes, ritmos bailables y personajes sonrientes.

Por un momento pienso que en esta (mi única) vida, me gustaría haber sido uno de ellos: el personaje de un anuncio estival de cerveza. Tan rubia y delgada, tan guapa y sonriente, con unos amigos tan rubios y delgados, tan guapos y sonrientes. Haber escuchado tocar una guitarra alrededor de una hoguera en una playa isleña mientras me enrollaba con un guapo alemán de barba sesgada, que al finalizar el verano me lloraría una lágrima al despedirnos desde su Ducati negra. Sabiendo que las cosas del verano y la juventud temprana allí se quedan. Vertidas en el aire, en el olor estival y en el silencio.

Y así, con este pensamiento, sucumbo al hastío de sudor y por fin puedo cerrar los ojos a un ritmo jovial y caribeño que me lleva de la mano al anhelado sueño.

 

 
Publicado la semana 34. 15/09/2017
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