Yo era más de Botero y él más de Rodin, pero compartida fascinación por Dalí. Aprendices de escultores encontrados en un cuadro virtual de locura, diálogos en partidos y en  tiempo muerto.

Alabamos la belleza de la ciudad del genio y ahí fue donde empezó nuestro juego de misterios. Atrapando su atención le dije que en mi ciudad teníamos un hombre de muchos años parecido a la jirafa del artista ampurdanés. Quise que sintiera una curiosidad muy sana, pero no libre de perversidad, por nuestro tallo y le hablé de la feria de revelador nombre. Le conté de las fiestas que custodia el Santo, el portador de las llaves del cielo más azul en junio. Hasta le revelé que conservábamos unas galerías del primer principio.

Tras pasar pantallas y subir niveles por días y líneas, me reconocía que podía imaginar cada detalle de mis relatos, así que propuse que descubriera con todas las pistas mi situación y nos viéramos en las próximas fiestas. Aseguré esperarle en la vela más conocida el sábado de festejos, a las diez con nocturnidad y ambrosía, justo antes de los cohetes.

Nos vimos, bueno, yo sí.  Llegó con su inseparable Jazz y un bastón, sentidos pares. Cuando me encontré ante él, olió el salitre mezclado en mi cabello y con tacto empezaron los juegos superficiales.

Golpes: Semana #46
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